La periodista y feminista Karmele Marchante (Tortosa, 1946), muy conocida por su presencia en programas de prensa rosa, presentará este viernes a las 20.00 horas en La Biblioteca de BabelPuta no se nace, un libro en que denuncia la explotación sexual de mujeres y niñas en España.
En Puta no se nace sigue el rastro de las prostitutas de origen africano que ejercen en Europa.
— Al hacer este libro me planteé hacer la ruta de la trata. Prostitución y trata están ligadas porque existen putómanos, que no puteros, y que compran los cuerpos de las mujeres. La trata europea viene fundamentalmente de Nigeria. Y viajé a Nigeria para ver a estas chicas que a los 10 años son vendidas por sus familias, con la intermediación de la iglesia pentacostal, para acabar en manos las mafias, en la industria del sexo.
Estas chicas saldrán de entornos de pobreza…
— Siempre salen de entornos de pobreza, de países pobres o campos de refugiados, que también visité. Pero Nigeria, que es el núcleo de la trata, tiene una explosión demográfica impresionante, con un 75 por ciento de analfabetismo y con familias polígamas que pueden tener 30 o 40 criaturas. No les pueden alimentar y luego venden a las chicas.
¿Cómo llegan a Europa?
— Por dos rutas, una que va por Argelia y otra por Marruecos. Desembarcan en lo que yo llamo el sarcófago mediterráneo y son dirigidas a España o a Italia, desde donde se las distribuye por Europa. En la travesía por la África subsahariana sufren violaciones, palizas… Recuerdo el caso de una niña a la que la mafia había apartado porque se rebelaba constantemente y que a los 11 años consiguió escapar. Cuando la cogieron le pusieron una cuchara ardiente en el ano y la vagina. Me enseñó las cicatrices. Jamás lo podré olvidar.
De vez en cuando vemos que la policía desmantela esas organizaciones.
— Muy de vez en cuando. Aquí la prostitución es alegal y la trata delictiva. Entonces, si la policía no tiene una constancia fehaciente no puede entrar. Y España, quiero decirlo, es el primer paraíso sexual del mundo, por delante de Tailandia y Puerto Rico.
En las zonas turísticas de Mallorca es corriente ver a prostitutas de origen africano ejerciendo.
— Ejerciendo no, obligadas a trabajar por la mafia de la industria del sexo. Les hacen el vudú, una ceremonia que les subyuga mentalmente, y si no cumplen amenazan a sus familias y les reclaman la deuda. Son vendidas por 50.000 o 60.000 euros.
Antes ha distinguido entre ‘putero’ y ‘putómano’.
— No, no he distinguido. A los puteros les llamo putómanos.
¿Cuál es el perfil del ‘putómano’?
— Cualquiera. Puedes ser tu, el señor que está allí… De cada diez varones españoles cuatro son putómanos.
Pablo Casado ha dicho que es partidario de retrasar la expulsión de mujeres inmigrantes si dan a su hijo en adopción. Después lo ha matizado.
— Para empezar, todo lo que dice Casado es una locura. Segundo, es un fascista nazi porque esto se hacía con las mujeres judías en los campos de concentración. Les cogían sus bebés y los daban en adopción. También se hacía con las presas políticas argentinas durante la dictadura, para darlos a familias fachas. Es traficar con las criaturas. Alguien que dice esto debería estar en la cárcel por nazi.
Vox crece con un discurso…
— Vox es lo mismo que el PP, no hago diferencias. Lo que acabo de decir del PP es para Vox. Si dicen esto, deberían estar en la cárcel.
Usted se mostró partidaria del referéndum catalán. ¿Qué le parece que ahora los presos digan que no declararon la independencia y la justicia española defienda que sí?
— Hemos llegado aquí porque no ha habido diálogo. Se declaró la independencia por un minuto, y luego Puigdemont no convocó elecciones, cosa que fue un error. Son personas presas políticas, nada más. Lo que dicen ahora creo que es una estrategia de juicio. De todas maneras, La Haya declarará nulo el juicio dentro de unos años.
¿La volveremos a ver colaborando en algún programa del corazón?
— No, jamás, he tenido una época para esto pero también una trayectoria muy ilustrativa en la que he hecho de todo. He vuelto a lo que es lo mío, prensa escrita y periodista.
Asha y Fatma Abbas tienen 18 años y son las creadoras de Aurateen, una pagina web que permite a los adolescentes pedir consejos de forma anónima sobre sexo, drogas y alcohol, rompiendo algunos de los tabúes más arraigados en Tanzania
Fatma, Gloria y Grace llevan mirándose a los ojos más de una hora, esperando a encender el ordenador. Las caídas de corriente y los cortes de energía son bastante comunes en Ukonga Majumbasita, un barrio surgido de manera espontánea a los lados de la carretera que lleva desde el aeropuerto al centro de Dar es Salaam, la capital administrativa de Tanzania. Aquí los niños corren por calles sin pavimentar, en medio a casas en ruinas.
“¿Cómo puedo saber si estoy embarazada? Esta es la pregunta que hacen más a menudo”, cuenta Fatma Abbas, de 18 años y viste un hiyab maculado que destaca sus grandes ojos negros. Ella es la responsable de Aurateen, una comunidad digital donde los usuarios pueden hacer preguntas de forma anónima sobre relaciones sentimentales, sexo o el uso y abuso de alcohol y drogas. Hoy, Fatma ha quedado con otras dos voluntarias que moderarán las solicitudes que llegan a la página web. Si la electricidad no regresa rápidamente, el internauta Crespo no descubrirá qué síntomas pueden revelar un embarazo de riesgo y Empathy no sabrá qué hacer si le diagnostican el VIH.
Aurateen funciona de manera similar a los conocidos Yahoo answers o ASKfm. Cualquier usuario puede registrarse en la web y, luego, enviar una pregunta. Si uno de los trabajadores sociales que colaboran con la página está en línea, el solicitante recibirá inmediatamente su respuesta.
La idea nació de las mentes de Asha y Fatma Abbas, dos gemelas de 16 años iguales a muchas otras chicas que habitan en esta multicultural ciudad tanzana: familia musulmana, cuatro hermanos menores, amistades de todo tipo y centradas en estudiar. Su tranquila normalidad se quebró el día que una amiga confió a Asha que estaba embarazada y tenía que abandonar la escuela.
De sida y sexualidad no se habla
«¿Por qué mis compañeros tomaban ciertos riesgos?», se preguntaba Asha. “Ver qué pasa algo así a gente como yo me hizo darme cuenta de que no sabíamos cómo protegernos”. Los embarazos adolescentes no son un fenómeno aislado en el país, ya que una de cada cuatro chicas de entre 15 y 19 años ha dado a luz o está esperando un bebé. Además, las Naciones Unidas estiman que alrededor de 170,000 tanzanos de entre 15 y 24 años viven con el VIH, y la encuesta AIDS Indicator Survey revela que en 2012 más de la mitad de los adolescentes no sabía cómo prevenir el contagio.
Cuando descubrió los datos, Asha se asombró: nunca había hablado de estos temas con nadie. “Los padres deberían ser las personas más cercanas que tenemos en el mundo, pero para ellos no es apropiado abordar ciertos asuntos», dice. En una sociedad aún muy tradicional, la sexualidad, las relaciones y las drogas son tabúes absolutos. “Ni siquiera hablamos entre nosotros”.
En Tanzania, una de cada cuatro chicas de entre 15 y 19 años ha dado a luz o está esperando un bebé.
Al mismo tiempo, Fatma convenció su hermana para que asistiera a un curso de informática dirigido específicamente a mujeres adolescentes. “Hoy en día todo es digital, y por lo tanto una mujer con estas capacidades puede ser independiente y hacer que su voz sea oída”, dice Carolyne Ekyarisiima, investigadora de tecnologías de la información y fundadora de Apps and girls, la asociación que organizó el laboratorio. La iniciativa comenzó en 2013, cuando Ekyarisiima instaló en el salón de su casa unos viejos ordenadores para sus alumnos. “Empecé a enseñar rudimentos de programación a las chicas porque me di cuenta de que a menudo me encontraba con que en clase solo había hombres.”
Hoy en día, su organización está presente en 24 escuelas de la capital para ofrecer a las estudiantes interesadas la posibilidad de desarrollar su propio proyecto de empresa emergente. Exactamente como pasó a las gemelas Abbas con Aurateen.
“Ya que los adolescentes pasamos tanto tiempo en las redes sociales, pensé en crear mi propio foro en el que pudiéramos hablar. Internet puede tener un impacto positivo para las personas», cuenta Asha.
El proyecto cambió la vida de las dos gemelas y las convenció de que la tecnología puede representar una solución efectiva a los problemas de su comunidad. Hoy Aurateen tiene 16.590 usuarios y un equipo de 15 voluntarios. Gracias a su idea, Asha ha sido incluida por la organización Internet Society (ICON) entre los 25 jóvenes menores de 25 años que están innovando en la web, y ha sido reclutada en la Academia de Liderazgo Africano en Sudáfrica. Desde entonces, Fatma se encarga de la gestión diaria de Aura Teen y de otra empresa emergente, Matokeo Live, una aplicación para el móvil que permite a los padres monitorear los resultados de sus hijos en la escuela.
La tecnología sola no es suficiente
La flecha del ratón corre rápidamente entre las preguntas que aún están pendientes de ser respondidas. Fatma ha esperado dos horas para que volviera la electricidad y ahora tiene que acabar con el trabajo pendiente. Los adolescentes tienen poca paciencia, y la página está asediada por correo basura y publicidad.
Como en cualquier red social, los usuarios pueden añadir su opinión y contestar a las consultas. “Pero yo tengo la responsabilidad de aprobar todas las respuestas,” clarifica Fatma, consciente de los peligros que el anonimato puede reservar, especialmente cuando se trata de temas de salud.
Aunque las hermanas sigan creyendo en las posibilidades de cambio ofrecidas por la tecnología, hoy se dan cuenta de que, en un país donde solo un 16% de la población accede regularmente al web, esta no puede ser la panacea para todos los males. “Tenemos que llevar Aurateen fuera de internet”, dice Asha con firmeza. Así que volvieron en las escuelas y organizaron los primeros seminarios de formación.
El siguiente paso será recaudar fondos para hacer el proyecto económicamente sostenible y alcanzar a quienes viven fuera de las grandes ciudades. “Queremos producir y vender compresas reutilizables”, explica Asha. “Las adolescentes de áreas rurales a menudo no asisten a la escuela porque, durante la menstruación, no tienen acceso a tampones o estos son demasiado caros”. En un país donde solo poco más de la mitad de las niñas prosigue con sus estudios después de terminar la escuela primaria, la educación puede ser una tecnología aún más poderosa que internet.
Violaciones, mutilación genital, represión, embarazo precoz… El estremecedor relato de nacer niña en muchas partes del planeta
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Mutilación genital
Una niña es sometida a una mutilación genital durante una ceremonia colectiva celebrada en un colegio de Bandung, Indonesia, en 2006. Según Unicef, al menos 200 millones de niñas y mujeres de unos 30 países –entre ellas alrededor de la mitad de las indonesias menores de 12 años– han sufrido la mutilación genital. La práctica sigue realizándose, y no siempre con las condiciones higiénicas adecuadas.
Foto: Stephanie Sinclair
2 / 11
Sobrevivir a un ataque con ácido
Ritu Saini, de 21 años de edad (en primer plano), y Rupa, de 23, disfrutan de las lluvias del monzón en lo alto de un tejado de Agra, en la India. Ambas chicas sobrevivieron a ataques con ácido. Cientos de mujeres y niñas son rociadas con ácido en este país. Ritu, anteriormente jugadora de volleyball, fue atacada por su primo. Después de diversas reconstrucciones quirúrgicas perdió su ojo izquierdo. Rupa fue agredida a los 15 años. La asociación Stop Acid Attacks aboga por el desarrollo de políticas destinadas a las supervivientes estos ataques.
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Mutilación genital
Una niña es sometida a una mutilación genital durante una ceremonia colectiva celebrada en un colegio de Bandung, Indonesia, en 2006. Según Unicef, al menos 200 millones de niñas y mujeres de unos 30 países –entre ellas alrededor de la mitad de las indonesias menores de 12 años– han sufrido la mutilación genital. La práctica sigue realizándose, y no siempre con las condiciones higiénicas adecuadas.
Foto: Stephanie Sinclair
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Sobrevivir a un ataque con ácido
Ritu Saini, de 21 años de edad (en primer plano), y Rupa, de 23, disfrutan de las lluvias del monzón en lo alto de un tejado de Agra, en la India. Ambas chicas sobrevivieron a ataques con ácido. Cientos de mujeres y niñas son rociadas con ácido en este país. Ritu, anteriormente jugadora de volleyball, fue atacada por su primo. Después de diversas reconstrucciones quirúrgicas perdió su ojo izquierdo. Rupa fue agredida a los 15 años. La asociación Stop Acid Attacks aboga por el desarrollo de políticas destinadas a las supervivientes estos ataques.
Foto: Stephanie Sinclair
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Una ceremonia alternativa
Niñas de la aldea sierraleonesa de Masanga toman parte en ceremonias Bondo alternativas en las que se inician como mujeres adultas sin someterse a la mutilación genital. Más de 600 niñas han participado en ellas desde 2010.
Foto: Stephanie Sinclair
4 / 11
Vivir entre la basura
El vertedero de Ghazipur, un basurero de casi 30 hectáreas en Delhi, es el lugar que recorre Zarina, de siete años, en busca de objetos que revender. Al igual que esta niña de la India, otras muchas en todo el mundo viven en la pobreza y apenas tienen acceso a la educación.
Foto: Stephanie Sinclair
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Ritual de preparación para el matrimonio
Elizabeth, de 19 años, y Rebecca, de 13, bailan en un ritual Bondo en la ciudad sierraleonesa de Kabala. Según los ancianos esta ceremonia, que regula el paso de la niñez a la madurez y que tradicionalmente incluye el corte o la extirpación de los genitales externos, vincula a las chicas a su comunidad y las prepara para el matrimonio. También pretende restringir la sexualidad femenina, y causa daños físicos y psicológicos. En Sierra Leona la mayoría de las mujeres han sufrido la mutilación genital.
Foto: Stephanie Sinclair
6 / 11
El riesgo de la falta de escolarización
Una adolescente se toma un descanso en su venta ambulante de baratijas en Mange Bureh, sentándose a orillas de un río en el que las chicas lavan y los chicos pescan. Las niñas no escolarizadas que trabajan en las calles de Sierra Leona para contribuir a la economía familiar corren especial riesgo en un país donde los delitos contra ellas suelen quedar impunes.
Foto: Stephanie Sinclair
7 / 11
Educación gratuita
Al participar en una ceremonia Bondo alternativa que no incluye la mutilación genital femenina, estas niñas de Masanga reciben educación gratuita garantizada por Masanga Assistance Education, una organización suiza sin ánimo de lucro. En la ceremonia participa una mujer que encarna el diablo del Bondo, una alta autoridad de esta sociedad secreta.
Foto: Stephanie Sinclair
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Camino a clase
Un grupo de chicas vestidas de uniforme se dirigen a clase en una escuela metodista de Freetown, en Sierra Leona.
Foto: Stephanie Sinclair
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Mutilación genital
Una niña es sometida a una mutilación genital durante una ceremonia colectiva celebrada en un colegio de Bandung, Indonesia, en 2006. Según Unicef, al menos 200 millones de niñas y mujeres de unos 30 países –entre ellas alrededor de la mitad de las indonesias menores de 12 años– han sufrido la mutilación genital. La práctica sigue realizándose, y no siempre con las condiciones higiénicas adecuadas.
Foto: Stephanie Sinclair
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Sobrevivir a un ataque con ácido
Ritu Saini, de 21 años de edad (en primer plano), y Rupa, de 23, disfrutan de las lluvias del monzón en lo alto de un tejado de Agra, en la India. Ambas chicas sobrevivieron a ataques con ácido. Cientos de mujeres y niñas son rociadas con ácido en este país. Ritu, anteriormente jugadora de volleyball, fue atacada por su primo. Después de diversas reconstrucciones quirúrgicas perdió su ojo izquierdo. Rupa fue agredida a los 15 años. La asociación Stop Acid Attacks aboga por el desarrollo de políticas destinadas a las supervivientes estos ataques.
Foto: Stephanie Sinclair
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Una ceremonia alternativa
Niñas de la aldea sierraleonesa de Masanga toman parte en ceremonias Bondo alternativas en las que se inician como mujeres adultas sin someterse a la mutilación genital. Más de 600 niñas han participado en ellas desde 2010.
Foto: Stephanie Sinclair
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Vivir entre la basura
El vertedero de Ghazipur, un basurero de casi 30 hectáreas en Delhi, es el lugar que recorre Zarina, de siete años, en busca de objetos que revender. Al igual que esta niña de la India, otras muchas en todo el mundo viven en la pobreza y apenas tienen acceso a la educación.
Foto: Stephanie Sinclair
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Ritual de preparación para el matrimonio
Elizabeth, de 19 años, y Rebecca, de 13, bailan en un ritual Bondo en la ciudad sierraleonesa de Kabala. Según los ancianos esta ceremonia, que regula el paso de la niñez a la madurez y que tradicionalmente incluye el corte o la extirpación de los genitales externos, vincula a las chicas a su comunidad y las prepara para el matrimonio. También pretende restringir la sexualidad femenina, y causa daños físicos y psicológicos. En Sierra Leona la mayoría de las mujeres han sufrido la mutilación genital.
Foto: Stephanie Sinclair
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El riesgo de la falta de escolarización
Una adolescente se toma un descanso en su venta ambulante de baratijas en Mange Bureh, sentándose a orillas de un río en el que las chicas lavan y los chicos pescan. Las niñas no escolarizadas que trabajan en las calles de Sierra Leona para contribuir a la economía familiar corren especial riesgo en un país donde los delitos contra ellas suelen quedar impunes.
Foto: Stephanie Sinclair
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Educación gratuita
Al participar en una ceremonia Bondo alternativa que no incluye la mutilación genital femenina, estas niñas de Masanga reciben educación gratuita garantizada por Masanga Assistance Education, una organización suiza sin ánimo de lucro. En la ceremonia participa una mujer que encarna el diablo del Bondo, una alta autoridad de esta sociedad secreta.
Foto: Stephanie Sinclair
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Camino a clase
Un grupo de chicas vestidas de uniforme se dirigen a clase en una escuela metodista de Freetown, en Sierra Leona.
Foto: Stephanie Sinclair
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Expuestas a la violencia sexual
Aarti, de nueve años, se expone a la violencia sexual cuando vende flores en una calle de Delhi mojada por la lluvia. Pese a los riesgos que corren, millones de niños de todo el mundo trabajan para llevar dinero a casa en vez de ir al colegio.
Foto: Stephanie Sinclair
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Matrimonios concertados
Los matrimonios concertados son habituales en Sierra Leona. Baby Seibureh, de 17 años, y Claude Seibureh, de 48, vecinos de Freetown, se casaron en plena crisis del ébola. Cuando nació su hijo Joseph, a la madre hubo que hacerle una cesárea.
Foto: Stephanie Sinclair
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Lucha contra la trata sexual
Rinki Kumari (en primer término) y Arti Kumari comparten un momento distendido en su habitación durante un receso de las clases que reciben en la escuela pública a la que asisten, la Kasturba Gandhi Balika Vidyalaya de Forbesganj, en la India. Un centenar de niñas de los pueblos cercanos estudian en este centro gestionado por Apne Aaap, una entidad benéfica cuya misión es poner fin a la trata sexual.
Foto: Stepnanie Sinclair
Los peligros de nacer niña en distintas partes del mundo
Sierra Leona es uno de los peores lugares del mundo para ser niña. En este país del África occidental, habitado por unos seis millones de personas, desgarrado por una cruenta guerra civil que duró más de una década y devastado por el Ébola, el simple hecho de nacer niña se traduce en una vida de barreras y tradiciones que a menudo dan más valor a su cuerpo que a su mente.
La mayoría de las mujeresde Sierra Leona –el 90% según Unicef– han sido sometidas a la mutilación genital, una práctica que las inicia en la vida adulta y supuestamente las hace más deseables para el matrimonio, pero que también es un método de represión sexual profundamente arraigado en su cultura.
Casi la mitad de las chicas se casan antes de los 18 años, y muchas se quedan embarazadas mucho más jóvenes, a menudo en su segundo o tercer ciclo menstrual. Muchas son víctimas de la violencia sexual; las violaciones suelen quedar impunes. En 2013 más del 25% de las sierraleonesas de entre 15 y 19 años estaban embarazadas o ya eran madres, lo que supone una de las tasas de gestación más elevadas del mundo para esa franja de edad.
Y demasiadas mueren en el parto: es el porcentaje más alto del mundo, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud y otras entidades internacionales. La mutilación genital femenina puede elevar el riesgo de sufrir complicaciones obstétricas.
«Si vas a las provincias te encuentras con chicas de 13 años, de 15 años, ya casadas y con sus bebés en brazos», dice Annie Mafinda, comadrona del Rainbo Center, que ayuda a víctimas de la violencia sexual en Freetown, la capital de Sierra Leona. Muchas de las pacientes atendidas en este centro tienen entre 12 y 15 años.
La mayoría de las mujeres de Sierra Leona –el 90% según Unicef– han sido sometidas a la mutilación genital
Cuando conocí a Sarah en Freetown, una ciudad que se levanta sobre una península montañosa junto a un puerto rutilante, tenía 14 años y estaba embarazada de seis meses, aunque parecía varios años más joven. Hablaba en un susurro, era bajita y menuda, llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo y el pelo bien recogido bajo un pañuelo de color melocotón. Me contó que la había violado un muchacho, vecino de su familia, que se marchó de la ciudad tras la supuesta agresión.
Cuando su madre se enteró de que estaba embarazada, la echó de casa. Ahora Sarah (cuyo apellido nos reservamos) vive con la madre del chico que según ella la forzó. La madre del supuesto violador fue la única que se prestó a acogerla; en Sierra Leona las mujeres suelen vivir con la familia del esposo.
NIÑAS CONVERTIDAS EN ESPOSAS
Sarah tiene que cocinar, limpiar la casa y hacer la colada. Me contó que la madre del chico le pega cuando, de puro agotamiento, no cumple con sus tareas. Con tantas trabas, ¿cómo puede una chica como Sarah sobrevivir y salir adelante en Sierra Leona?
En un país pobre regido por un Gobierno que no parece demasiado interesado en proteger a las niñas, lo más sensato que estas pueden hacer es intentar escapar del entorno en el que han nacido. En un universo lleno de amenazas, la escuela puede ser su único refugio.
Estudiar es complicado porque cuesta dinero, pero al mismo tiempo constituye un rayo de esperanza. Sacarse la secundaria puede traducirse en una mayor libertad económica y en la oportunidad de tomar las riendas de su propia vida, quizás abriéndoles las puertas de la universidad o de un empleo cualificado. Sin embargo, se calcula que entre 2008 y 2012 solo una de cada tres chicas cursaron estudios secundarios; en este sentido el embarazo supone una de las barreras más importantes. No en vano el ministro de Educación de Sierra Leona ha vedado la entrada en los centros escolares de las jóvenes gestantes.
Se calcula que entre 2008 y 2012 solo una de cada tres chicas cursaron estudios secundarios
El objetivo de esta política, formalizada por el Gobierno en 2015, es impedir que influyan en sus compañeras y protegerlas de las burlas. La prohibición de que las chicas embarazadas acudan a la escuela«es un ejemplo de moralismo anticuado e irreflexivo que lanza un mensaje equivocado –declara la escritora Aminatta Forna, quien en 2003 fundó una pequeña escuela rural en Sierra Leona–. Hablamos de jóvenes vulnerables, que en este país son objeto de continuas depredaciones».
Elizabeth Dainkeh fue coordinadora de un centro educativo de Freetown para jóvenes en edad escolar que estuvieran en estado de gestación o que ya fuesen madres, financiado por Unicef y el Ministerio de Educación sierraleonés, y otras instituciones.
Marginación tras el embarazo
«Cuando te quedas embarazada, te marginan», me dice. Estamos en el fondo de un aula sofocante en la que chicas con los cabellos trenzados y tocados de vivos colores, algunas con bebés en el regazo, se abanican con los libros de texto mientras escuchan a la maestra con atención.
«Yo creí que les daría vergüenza volver al colegio, pero no,están encantadas», dice con orgullo. La propia Dainkeh se quedó embarazada a los 17 años, y su padre la echó de casa. La hija que tuvo murió de desnutrición antes de cumplir un año de vida. Ahora, a sus 35 años, Dainkeh aconseja a sus alumnas que perseveren: que se olviden de los años que han estado desescolarizadas y sigan adelante.
Mary Kposowa, exdirectora de uno de esos centros femeninos, explica que algunas de sus antiguas alumnas se habían topado con dificultades al querer matricularse de nuevo en escuelas ordinarias después de dar a luz.
Para complicar aún más las cosas, en agosto de 2016 los centros para chicas embarazadas cerraron sus puertas; Unicef declara que se abrieron como un «puente» alternativo a la educación cuando la crisis del ébola tuvo cerradas escuelas de todo el país durante nueve meses. En aquellos centros había matriculadas unas 14.000 jóvenes embarazadas o puérperas, lo que hace temer a Dainkeh que actualmente haya en el país «un gran número de chicas marginadas del sistema educativo».
Los sierraleoneses suelen decir que el trauma de su país tiene su origen en la guerra civil que enfrentó a grupos rebeldes y al Gobierno. Desde 1991 y durante más de 10 años, miles de niñas y mujeres fueron violadas. Decenas de miles de personas fueron asesinadas. Y más de dos millones se vieron desplazadas.Más recientemente ha sido el virus del Ébola el que ha hecho estragos en el país, cobrándose unas 4.000 vidas en menos de dos años. La epidemia afectó a muchas familias, y dejó huérfanas a un gran número de niñas que tuvieron que hacerse cargo de sus hermanos sin estar aún preparadas para ello.
LAS DIOSAS VIVIENTES DE NEPAL
El país ha ido evolucionando a trompicones hacia la democracia, pero la opresión de las niñas y las mujeres no ceja. «En este país no importa la vida, ni el cuerpo, ni el alma de las mujeres jóvenes –afirma Fatou Wurie, nacida en Sierra Leona, criada en el extranjero y que regresó a su país natal, a Freetown, donde trabaja en pro de los derechos de las mujeres–. Hasta la última política que implantamos excluye la voz de las jóvenes sierraleonesas».
A pesar de que he pasado largas temporadas en diversos lugares de África occidental, la primera vez que pisé Sierra Leona me quedé profundamente impactada. He estado en Nigeria, Ghana, Senegal y Costa de Marfil, pero Sierra Leona me pareció diferente: menos acogedora, menos exuberante, más suspicaz y recelosa. Sin embargo, también descubrí que incluso en este país tan turbulento hay jóvenes que encuentran la manera de sobreponerse por encima de todo.
Regina Mosetay está en la biblioteca de su colegio de Freetown mientras sus compañeras de clase almuerzan entre risas en el patio. Se ha preparado los exámenes finales todo cuanto ha podido. Madre a los 17 años, Regina no puede estudiar como antes porque tiene que cuidar de su hija, Aminata, pero saca tiempo para los libros entre tomas y mudas. Tiene los ojos almendrados y un rostro ovalado que ladea cuando reflexiona sobre algo. Creció en un barrio obrero de calles estrechas y abarrotadas de peatones, tiendas de ropa y de electrónica, y puestos de comida. Su madre la crió a ella, a su hermano y a su hermana en una casa donde también vivían su abuela, primos, un tío y más familiares; en total, 11 personas.
El ébola empezó a propagarse por Freetown y el Gobierno cerró los colegios para contener la epidemia
La echaron del colegio por estar embarazada, una experiencia «dolorosa de verdad», dice. Le encantaba estudiar; su asignatura preferida era lengua (es muy habladora). Nunca pensó que acabaría formando parte del colectivo de adolescentes embarazadas de Sierra Leona, pero en 2014 el ébola empezó a propagarse por Freetown y el Gobierno cerró los colegios para contener la epidemia.
Entonces, en 2015, fue cuando se quedó embarazada de su novio, Alhassan, que en ese momento estaba terminando sus estudios universitarios. «Durante el ébola muchas chicas se quedaron embarazadas –cuenta Regina–. Como no había clase, teníamos mucho tiempo libre». «Sentí que estaba decepcionando a todo el mundo. Tenía vergüenza –confiesa–. Algunas compañeras decían que éramos un mal ejemplo». Esa primavera se quedó encerrada en casa sin nada que hacer ni nadie con quien hablar mientras sus amigas estaban en el colegio. Al cabo de unos meses, una tía le habló de los nuevos centros que daban a las embarazadas o madres en edad escolar la oportunidad de no quedarse atrás en los estudios para que pudiesen retomarlos más adelante.
Regina quiso apuntarse al momento, y habló de esos centros a todas las chicas que conocía que estuvieran en estado o acabaran de parir. Casi todo lo que le enseñaban ya lo sabía, pero disfrutaba estando de nuevo en un aula, sentada en un pupitre de madera con los libros y la libreta abiertos, leyendo, atendiendo, pensando. Llevaba un bebé dentro, sí, pero seguía teniendo cerebro, y eso era fundamental para ella.
«No quiero que mi hija pase por lo mismo que yo. Quiero que tenga un futuro mejor»
«Era feliz solo con estar allí, y no en casa sin hacer nada», me cuenta Regina. Estudió en aquel centro tres meses; fue una de las 180 chicas que pasaron una temporada más o menos larga en el año inaugural del programa. Regresó a la escuela pública un mes después de dar a luz a Aminata en diciembre de 2015. Desde que ha vuelto, Regina aconseja a todas sus amigas que tengan cuidado con los chicos si no quieren que les pase lo mismo que a ella.
Ya no está desescolarizada. «No quiero que mi hija pase por lo mismo que yo. Quiero que tenga un futuro mejor», dice. Vive con su novio, ya graduado en ciencias empresariales, y con la madre y la abuela de este, que ayudan en el cuidado de Aminata. Confía en poder formar una familia con él y sabe que terminar los estudios es crucial. Quiere trabajar en alguna organización de ayuda a la infancia, para que los niños –y sobre todo las niñas– tengan una vida mejor. «Cuando termine los estudios podré cuidar de mi familia; cuidaré de mí misma», asegura.
Salmatu Fofanah vive en una ladera de Mountain Cut, un barrio muy poblado de Freetown. Tiene 17 años, es tímida, esbelta y muy guapa, y ya está acostumbrada a cuidar de sí misma. Tanto su madre como su padrastro contrajeron el virus del Ébola hace dos años. Él enfermó tras asistir a un funeral en 2014. (Su padre biológico había muerto de malaria en 2011).
La madre de Salmatu, enfermera de profesión, cuidó a su marido en casa. No tenían ni idea de que había una epidemia de ébola. Cuando el enfermo empeoró, intentó llevarlo al hospital, pero se le murió en el coche. Ella cayó enferma unos días después y falleció en casa un mes más tarde. Entonces Salmatu empezó a encontrarse mal. Le dolía la cabeza y tenía fiebre. Lo mismo les pasó a su tía, su tío, su hermana mayor, su hermano, su abuelo y varios primos. «Todos teníamos miedo», me cuenta Salmatu. Ingresaron en un centro de tratamiento. Solamente sobrevivieron ella y tres primos. Todos los demás murieron. A principios de diciembre de 2014 llegó a Mountain Cut, tambaleante por las náuseas y la pena, para vivir con otros tíos y primos en una amplia casa.
Cada vez que se sentía enferma, le entraba el pánico. En marzo regresó al colegio, temiendo que sus amigas le dieran de lado por haber tenido ébola, pero se llevó una grata sorpresa. «No me marginaron en absoluto», explica. Cada vez que se acuerda de cómo era todo antes de la epidemia de ébola, sus amigas intentan animarla. Salmatu entra en Facebook y WhatsApp para buscar chistes, solo para volver a reír, y cuanto más duerme, mejor se siente.
Fotografías
Asiste a un grupo de ayuda psicológica donde puede hablar de sus problemas. «Me gusta contar lo que me preocupa; me quito un peso de encima», dice. Cuando me entrevisté con ella, su mayor preocupación eran los exámenes finales. «Tienes que pasar página y concentrarte en el futuro. Debes ser feliz con lo que tienes». La asignatura favorita de Salmatu es historia; le gusta conocer lo que ha ocurrido en su país y aspira a ser periodista. Sale con un chico que acaba de terminar el instituto, pero no le permite que la presione para hacer nada que no desee. Quiere seguir cantando y yendo a la playa con sus amigas. A veces ir a clase le da una pereza infinita. («Me encanta dormir, es mi hobby», me confiesa con una sonrisa. Cuando de pequeña cogía una rabieta, su madre la ponía a dormir y se le pasaba). Pero entonces recuerda las metas que se ha marcado. Su madre murió por su familia. ¿Cómo no va ella a terminar los estudios y llevar una vida de la que su madre se habría enorgullecido?
Kadiatu Kamara, a quien todos llaman KK, nació en un pueblo costero llamado Bureh, a orillas del Atlántico. Es un torbellino de fuerza y energía, con un racimo de estrellas tatuadas en el cuello. Ha vivido aquí toda su vida; sus padres la criaron –junto con cuatro hermanos y una hermana– en esta compacta comunidad. Se ganaban la vida vendiendo carbón que recogían en la zona. Cuando su padre falleció siendo ella muy joven, las cosas se pusieron difíciles. Su madre, Baby, se vio muy apurada –como todavía se ve hoy– para ganar lo suficiente, y solo pudo permitirse costear los estudios de dos de sus hijos: KK y un hermano mayor.
KK tiene 19 años, es la benjamina de la familia y siempre ha tendido a buscar aquellos entornos en los que siente que encaja. Vive con su madre y otros familiares, así que anhela un espacio propio. Hace cuatro años se fundó en la playa un club de surf al que asistían muchos chicos de su pueblo, y a ella le apeteció ver cómo era. Solo había visto surfistas en las revistas que se dejaban en la playa los turistas extranjeros. Para KK el mar es un bálsamo. Cuando se mete en el agua, se siente más libre, más serena. «Cuando surfeo, es como si estuviese en otro país», dice. Al principio ni siquiera sabía nadar bien. Un día se le soltó la cuerda del tobillo y las olas se llevaron la tabla. Un compañero tuvo que ir a rescatarla porque se ahogaba.
KK es una de las pocas surferas de Sierra Leona. Conoce chicas que se quedaron en estado y dejaron los estudios o que acabaron con hombres que les doblan la edad, pero siempre ha sabido que no quiere eso para ella. Cuando en el colegio las advirtieron contra las relaciones sexuales prematuras, ella tomó nota. El surf la ayudó a no perder el norte.
«A algunas chicas sus madres no pueden pagarles el colegio, así que van con los chicos para que ellos les den el dinero»
«A algunas chicas sus madres no pueden pagarles el colegio, así que van con los chicos para que ellos les den el dinero, explica KK. A veces les cobran el favor en especias y las abandonan cuando se quedan embarazadas, por lo que las chicas acaban en la calle. A su madre jamás le ha sobrado el dinero, pero como KK es hábil y trabajadora, está ganando su propio dinero y nunca ha tenido que recurrir a ningún chico. Trabaja en la cocina del chiringuito de la playa y a veces vende galletas a los bañistas. Se levanta a las seis o siete de la mañana, surfea un poco si hay buenas olas y luego se va a clase. Está en el colegio toda la tarde hasta la noche, y cuando vuelve a casa estudia y hace la cena. KK ayuda a su madre dándole parte de lo que gana.
Un sábado por la tarde del pasado mes de julio la vi estirarse en la arena tórrida de Bureh Beach. Luego se levantó de un salto y se lanzó, intrépida, con la tabla de surf contra una ola espumosa en las aguas turquesas. Remó con los brazos, flotando boca abajo, aguardando con paciencia a que llegase otra ola alta. Los chicos se empeñaban en cabalgar olas flojas y se caían todo el rato. Un muchacho flaco se persignó antes de zambullirse. KK lanzó un grito de júbilo cuando la descabalgó una ola frustrada.
KK quiere fabricar sus propias tablas. Su meta es abrir una tienda para venderlas y tener una escuela de surf. «Quiero enseñar a otras chicas», me dice. Entre tanto, surfea varios días a la semana, sobre todo durante la estación lluviosa, cuando las olas llegan a alcanzar los dos metros de altura. KK está perfeccionando su técnica. Cree que si mejora lo bastante, podrá dedicarse profesionalmente a este deporte.
Le gustaría estudiar medicina o contabilidad, pero no sabe si tendrá suficiente nivel para entrar en la universidad. A veces los profesores no les enseñan nada, y ella tiene problemas con la lectura.
«Si me dedico al surf, a lo mejor algún día viene alguien al club, me ve y me escoge [para patrocinarme] –me dijo, llena de esperanza–. Y así podré mantener siempre a mi familia».
Argelia / 11 de marzo de 2019 / Autor: Telma Luzzani / Fuente: Mundo Sputnik News
Luego de que el mandatario argelino anunciara su intención de aspirar a un quinto mandato consecutivo -pese a su delicada salud-, las manifestaciones callejeras en su contra se intensificaron. «Si un sector del Ejército quiebra su fidelidad hacia Buteflika, podría estar ante la presencia de un golpe de Estado», aseguró el analista Ezequiel Vega.
La confirmación de la candidatura de Abdelaziz Buteflika para las elecciones del próximo 18 de abril ha volcado a los estudiantes a las calles de Argelia. El líder del histórico Frente de Liberación Nacional (FLN), de 82 años, se encuentra internado en Suiza y muchos dudan de que pueda aspirar a un quinto mandato presidencial consecutivo.
«La prensa oficial de Argelia dice que, al fin y al cabo, es el hermano de Buteflika, Said, quien maneja los hilos del poder, el hombre detrás del presidente. Si Buteflika cae o cae su candidatura, ¿las manifestaciones se calmarían? No se sabe aún. Pero si un sector del Ejército quiebra su fidelidad hacia el presidente, podría haber una posibilidad de golpe de Estado», dijo Ezequiel Vega, analista internacional y experto en África.
Si bien Vega aseguró que debe prestarse atención a los militares —»con mucha injerencia en los puestos del Estado, como en la mayoría de los países de África»-algunos dirigentes opositores comienzan a ganar espacio en la escena política. «Rachid Nekkaz es un político de origen francés que renunció a su nacionalidad para poder ser candidato. Su figura pega mucho entre los laicos y los jóvenes, y es considerado como una persona que podría llevar a Argelia hacia una transición pacífica», indicó.
La situación económica de este país petrolero se ha deteriorado en los últimos años, pero como aseguró Vega, es difícil para los argelinos olvidar que «Buteflika garantizó la paz luego de la guerra civil», que se extendió entre 1990 y 1993.
«Las manifestaciones de la Primavera Árabe duraron dos meses en Argelia, pero no quebraron la relación entre el Estado y la sociedad. Ahora las protestas son más en contra de la candidatura de Buteflika que contra el FLN», adujo el analista.
Ayotzinapa: «Se trabajó desde el Estado para crear una historia falsa»
La periodista Paula Mónaco Felipe, quien participó en la producción de la serie documental ‘Los días de Ayotzinapa’, se refirió al caso de la desaparición de los 43 estudiantes normalistas y a la posibilidad de terminar con la impunidad en México.
«El poder judicial se ha aliado con poderes políticos, fácticos y delincuenciales. Hay fiscalías, espacios geográficos, donde es imposible separar al Estado del crimen organizado. Las alianzas llegan al punto de atentar contra la vida de las personas, como el caso de Ayotzinapa, que es uno de los miles de casos que tenemos en un país donde la corrupción lo permea todo. Pero en el caso de Ayotzinapa se trabajó con muchos recursos desde el Estado para crear una historia falsa», dijo la realizadora.
Mónaco Felipe, aseguró que durante la producción periodística de ‘Los días de Ayotzinapa’, no corrió peligros, pero «los periodistas en México vivimos en un riesgo permanente». «Hay más de 140 periodistas muertos y 500 agresiones documentadas contra colegas, tan solo el año pasado. Algunos se deben exiliar en otros países», comentó sobre su profesión en México.La autora del libro ‘Ayotzinapa, horas eternas’ se refirió además a la creación de una Guardia Nacional.
«Ha despertado muchas críticas y genera desilusión y preocupación. Las FFAA han tenido un papel preponderante en la violación de los derechos humanos en las últimas décadas. Ahora, en este gobierno, aparecen como un aliado, lo que ha generado muchas tensiones», explicó.
En el programa se informó a su vez acerca de la decisión de la Jurisdicción Especial de Paz de Colombia de reabrir la investigación del exterminio de los integrantes de Unión Patriótica, partido político de izquierda, en la década de 1980; el homenaje a Marielle Franco, la concejala brasileña asesinada el año pasado, durante la celebración de carnaval en Río de Janeiro; la situación del jefe del portal RIA Novosti Ukraina, Kiril Vishinski, detenido en mayo del año pasado por el gobierno del presidente ucraniano Petro Poroshenko; y la apertura de los archivos históricos del Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) decretada por el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador.
Cuba – Guinea Ecuatorial / 10 de marzo de 2019 / Autor: Redacción / Fuente: Radio Cadena Agramonte
La ministra cubana de Educación, Ena Elsa Velázquez, intercambió con varias autoridades de Guinea Ecuatorial con el propósito de afianzar los nexos en el contexto de su visita al país africano, informaron fuentes diplomáticas.
Según una nota de prensa de la Embajada de Cuba en el país africano, la presidenta del Senado ecuatoguineano, Teresa Efua Asangono, recibió la víspera a la titular cubana y a la delegación que le acompaña.
Velázquez también se entrevistó con el secretario de Estado del ministerio de Agricultura, Bosques y Medio Ambiente, Antonio Oliveira, y visitó la escuela de capacitación agraria de Malabo, donde laboran miembros de la Brigada Educativa cubana.
Recorrió igualmente la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial donde la recibió el rector Filiberto Ntutumu y miembros del Consejo Ejecutivo.
Todos los encuentros tuvieron lugar en un ambiente de cordialidad y en ellos analizaron el comportamiento de la colaboración cubana, mientras ofrecieron información actualizada sobre la isla caribeña, según el reporte.
El embajador cubano en Guinea Ecuatorial, Rodobaldo Isasi, acompañó a la delegación caribeña en los intercambios, acorde con la nota de prensa.
Datos oficiales reflejan que 221 profesionales cubanos de la Salud prestan sus servicios en todo el país centroafricano junto con otros de sectores como el educativo, energético y constructivo.
Recomendamos la lectura del portal Otras Voces en Educación en su edición del día domingo 10 de marzo de 2019. Esta selección y programación la realizan investigador@s del GT CLACSO «Reformas y Contrarreformas Educativas», la Red Global/Glocal por la Calidad Educativa, organización miembro de la CLADE y el Observatorio Internacional de Reformas Educativas y Políticas Docentes (OIREPOD) registrado en el IESALC UNESCO.
00:00:00 – Cuestionan mensajes de Bolsonaro sobre educación en Brasil
En nuestro portal Otras Voces en Educación (OVE) encontrará noticias, artículos, libros, videos, entrevistas y más sobre el acontecer educativo mundial cada hora.
Un internado para niñas y niños pigmeos en Camerún aumenta sus posibilidades de que acaben los estudios de primaria y secundaria
Niños bakas en la escuela infantil de Ndjibot. Los pigmeos baka constituyen la minoría más numerosa de las que existen en el centro de África, con unos 40.000 miembros que viven en una superficie de unos 75.000 kilómetros cuadrados en el sureste de Camerún.
Jacques Ekomane Ekomane, profesor de la escuela infantil de Ndjibot parte de la realidad del pueblo baka para enseñar a sus alumnos.
Niños baka en la escuela infantil de Bemba II. La escuela infantil de Ndjibot es una de las 21 que la ONG Zerca y Lejos tiene en diferentes pueblos pigmeos del sur de Camerún para promover la escolarización de las niñas y los niños de entre cero y seis años.
Alumnos baka de primaria. En estas escuelas, los menores estudian y crecen en su propio entorno. Se parte de su propia cultura para ascender a conceptos más generales.
Entrada al Hogar Infantil de Bengbis, donde 180 niños y niñas bakas residen para facilitar su asistencia a la escuela primaria. Es un internado para niñas y niños pigmeos que está no muy lejos de las aldeas en las que habitan sus familias, adonde se trasladan los alumnos cuando comienzan la escuela.
Una de las primeras actividades del día de los niños del Hogar Infantil consiste en ir hasta la fuente a buscar agua para lavarse y para la cocina.
Niños con cubos llenos de agua regresan de la fuente antes de lavarse por la mañana temprano. Muchos vecinos bantúes, con los que conviven los bakas, no los consideran personas y, por tanto, creen que no tienen derecho a la educación. Pero también es verdad que muchos padres pigmeos se llevaban a sus hijos a la selva a cazar, pescar o recolectar, por lo que los pequeños se ausentaban de las aulas durante semanas. Para combatir estos dos males se optó por abrir el Hogar Infantil con una zona para chicas y otra para chicos.
Niños del Hogar Infantil ayudan a lavar los platos y ollas de la cocina. Aquí es donde se mezclan con compañeros bantúes y los dos grupos étnicos aprenden a convivir. A pesar de las dificultades iniciales que supuso esto, se ha conseguido que crezcan juntos y aprendan a respetarse.
Por la mañana temprano los encargados del Hogar Infantil acuden al almacén a recoger la comida para los pequeños.
Una de las cocineras del Hogar Infantil en plena faena. Este proyecto se inició en 2003 con el objetivo de garantizar el acceso a una escuela de calidad a todas las niñas y niños de la zona sur de Camerún, con especial hincapié en el pueblo baka y en las familias más desfavorecidas.
Los más rezagados terminan el desayuno antes de partir hacia la escuela.
Tras el desayuno todos los menores baka acogidos emprenden el camino hacia la escuela primaria.
Yves Eyenga ha regresado, tras concluir los estudios secundarios, al Hogar Infantil de Bengbis para ayudar mientras espera los resultados del examen de acceso a la universidad. Aquí, en su habitación.
Yves Eyenga se señala a sí mismo en la foto que preside el comedor del Hogar infantil, entonces era mucho más pequeño, cursaba primaria y está casi irreconocible.
Grupo de niñas bakas que estudian secundaria. En el país, la tasa de escolarización en la educación primaria ronda el 99%, mientras que en la secundaria baja al 47%.
También se fomenta en estas escuelas el respeto por las tradiciones que han permitido a este pueblo vivir en completa armonía con la selva durante generaciones.
En los últimos años, los pigmeos han sido expulsados de sus tierras ancestrales y obligados a adaptarse a una nueva sociedad que les resulta extraña y hostil, de ahí que muchos se dejen ganar por la desidia y el consumo de alcohol. El contrapunto lo ofrecen los jóvenes que optan por la educación.
Los jóvenes ven la educación como una herramienta que les permite enfrentarse a la complejidad de los nuevos tiempos y reclamar su lugar en la sociedad en igualdad de condiciones con el resto de los ciudadanos de Camerún.
Veronique Nga Messi, directora de la escuela primaria de Abjoli donde acoge a gran número de alumnos baka.
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