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Feminismo en la encrucijada: Lo que hemos ganado y lo que nos quieren arrebatar

Por: Luz Palomino/Aquelarre de las Insumisas 

El mapa de nuestras vidas ha cambiado. Y no es una frase hecha: es lo que pasa cuando décadas de movilización social, de hablar dónde nos mandaban callar, de juntarnos donde nos querían solas, consiguen que lo que antes era «un asunto privado» —la violencia machista— hoy se nombra como lo que es: un problema de salud pública y una cuestión de Estado.

Hemos conseguido leyes importantes. Pero más importante aún: hemos creado una conciencia que ya no acepta el silencio como respuesta. Las jóvenes de hoy miran lo que sus abuelas soportaron y dicen: «eso a mí no». Y eso, aunque parezca poco, es una revolución.

Pero ojo, que Simone de Beauvoir ya lo advirtió en el segundo sexo: “no olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados». Y tenía toda la razón. Por eso cada derecho conquistado no es un punto y final, es una trinchera que defender.

Porque la historia del feminismo es, ni más ni menos, la historia de cómo el mundo se ha ido haciendo más democrático. Repasemos lo que hemos conseguido —para que no se nos olvide— y lo que ahora está en juego. Lo que nos costó ganar (y no nos regaló nadie)

El derecho a tener voz propia: el voto

1893: Nueva Zelanda se convierte en el primer país donde las mujeres votan. Sí, leyeron bien: hace apenas 130 años, en la mayor parte del mundo nos consideraban sin criterio para meter una papeleta en una urna.

No olvidamos que el 27 de octubre de 1946 las venezolanas votamos por primera vez. No fue una concesión de los señores de turno; fue el grito de nuestras abuelas que entendieron que la política sin nosotras es puro teatro de sombras.

1947: En Argentina, después de décadas de lucha de sufragistas anónimas y con el empujón de Eva Perón, se aprueba la Ley 13.010. Las mujeres argentinas pudieron votar por primera vez en 1951.

1953: México reconoce el derecho al voto femenino. Tardaron, pero llegó.

Que hoy nos parezca tan normal ir a votar es la mejor prueba de que el feminismo funciona: cuando una conquista se asienta, parece que hubiera estado siempre ahí. Pero no. Detrás de cada derecho hay mujeres que se jugaron hasta la vida.

Autonomía económica y jurídica: dejar de ser propiedad de nadie

1975: La ONU declara el Año Internacional de la Mujer. Por primera vez, el mundo hablaba de nosotras como sujetos de derecho, no solo como madres o esposas.

1981: Entra en vigor la CEDAW, que viene a ser como la constitución de los derechos de las mujeres a nivel mundial. Por si alguien tiene dudas: esto significa que los países que la firman se comprometen a cambiar todo lo que nos discrimine.

El cuerpo como territorio propio: La revolución más íntima

2012: Argentina aprueba la Ley de Identidad de Género. Pionera en el mundo: reconoce que cada persona tiene derecho a ser llamada como se siente, sin que ningún médico ni juez tenga que dar permiso.

2020-2021: La Marea Verde, ese tsunami color esperanza que recorrió América Latina, consigue dos hitazos: Argentina legaliza el aborto y en México la Suprema Corte declara que criminalizar a las mujeres que abortan es inconstitucional. Como dice la antropóloga Marta Lamas: «La maternidad será deseada o no será».

2021: México aprueba la Ley Olimpia, que lleva el nombre de Olimpia Coral Melo, una joven que sufrió violencia digital y dijo «hasta aquí». La ley tipifica como delito grabar, difundir o compartir imágenes íntimas sin consentimiento. Porque “lo virtual es real», sí, y el daño duele igual.

Ahora, el patriarcado no es tonto: cuando ve que por un lado le cierran puertas, se cuela por la ventana. Y hoy la ventana es la pantalla.

La violencia digital —ciberacoso, difusión de imágenes sin permiso, deepfakes (esos vídeos trucados que parecen reales) para humillar— afecta sobre todo a mujeres jóvenes y a las que se atreven a opinar en público. El algoritmo, ese invento que no tiene cara ni género, resulta que reproduce el machismo de quienes lo programan.

La antropóloga argentina Rita Segato lo explica clarísimo en su libro Las estructuras elementales de la violencia:

«La violencia contra las mujeres no es un crimen individual, es un crimen corporativo del patriarcado. La crueldad sexual es un lenguaje que habla de la soberanía masculina sobre el territorio-cuerpo de las mujeres.»

Dicho más claro: cuando un hombre difunde un vídeo íntimo de su ex, o cuando un grupo acosa a una compañera por redes, no son «casos aislados». Son mensajes. Mensajes que dicen: «esto es mío, yo decido, tú te callas”. Y Olimpia Coral Melo, la activista mexicana, nos dice: las agresiones en línea duelen, aíslan, expulsan del debate público. Y cuando expulsan a las mujeres de la conversación, la democracia entera se empobrece.

El nuevo fascismo: El que no necesita tanques

Hay quien habla de un «fascismo del siglo XXI». No es el de las botas y los camiones militares —aunque también—, es el que ocupa las pantallas. La nueva aristocracia tecnológica —esos multimillonarios que deciden cómo funcionan las redes— usa los algoritmos para amplificar el odio porque el odio vende, porque el odio engancha.

¿El resultado? Que el antifeminismo se ha convertido en una ideología de moda. Que hay youtubers e influencers que viven de decir que el feminismo es una secta, que las mujeres ya tenemos los mismos derechos, que «ahora los discriminados son ellos”. Y eso cala. Sobre todo, entre los más jóvenes.

En las aulas lo vemos muy seguido con la pregunta «¿y para cuándo un día del hombre?» no es inocente. Detrás hay un malestar real que ha crecido oyendo que la igualdad es lo normal, pero que en su experiencia cotidiana sienten que se les pide renunciar a privilegios que ni siquiera sabían que tenían. Y en lugar de entenderlo como un avance, lo viven como una amenaza. Mientras, gobiernos recortan horas de igualdad en las escuelas, porque claro, si no se enseña, si no se habla, si no se debate, el espacio lo ocupan los discursos de odio. Y los que dicen que la «ideología de género» es un complot contra la vida, contra la familia, contra no se sabe qué, van ganando terreno.

El feminismo no es uno solo: También hay debate interno

Sería mentira decir que todas pensamos igual. El feminismo de 2026 es un hervidero de debates: identidad de género, prostitución, vientres de alquiler… Son conversaciones difíciles, que reflejan que el movimiento está vivo. Pero también que nos cuesta encontrar un frente común cuando la ofensiva de la ultraderecha arremete contra todas.

Frente al feminismo que busca un asiento en las mesas del poder —que también es legítimo—, hay otro feminismo que nace de abajo: el de los sindicatos, el de las ollas populares, el de las mujeres campesinas que defienden el territorio mientras crían a sus hij@s. Ese feminismo entiende que ser mujer, ser pobre y ser migrante no se pueden separar. Que la opresión tiene muchas caras y todas duelen.

Lo pequeño también es político: Resistencias que inspiran

Si algo hemos aprendido de las compañeras de Kibera (el enorme barrio popular de Nairobi, en Kenia) o de las activistas de Minneapolis, es que ninguna acción colectiva es demasiado pequeña. El feminismo popular es el principal muro de contención, frente a un sistema que amasa la riqueza en el 1%, mientras al 99% nos quitan derechos.

Lo vemos en acciones concretas:

Las mujeres que interrumpen etapas de la vuelta ciclista para denunciar lo que está pasando en Gaza.

Las empleadas de hogar que se atreven a denunciar a sus empleadores por explotación, rompiendo el silencio que las ha mantenido invisibles durante décadas.

Todas ellas, desde sitios muy distintos, tejen la misma red. Porque el acoso en un grupo de WhatsApp, el desalojo en un barrio y el bombardeo de una escuela en una guerra son hilos de la misma trama: la de quienes deciden qué vidas importan y qué vidas no.

Porque un feminismo que no hable de salarios, de precariedad, de convenios o de la brecha de pensiones se olvida de dónde venimos. Y nosotras venimos de la fábrica, del mostrador y de la cocina comunitaria. Venimos de la convicción de que la emancipación de las mujeres pasa también por la emancipación de la clase trabajadora, y de que mientras haya una compañera cobrando menos por ser mujer, la lucha sigue siendo nuestra.

Pero la respuesta no puede ser solo punitiva. Hace falta algo más de fondo: una contra-pedagogía del poder. Enseñar, desde pequeñitos, que la libertad no es el derecho a oprimir al otr@, sino la capacidad de convivir. La educación en valores no es un extra, algo que se hace si sobra tiempo. Es la base de todo. Cuando los gobiernos recortan programas de igualdad y solo piensan en medidas punitivas, están renunciando a evitar el sufrimiento antes de que ocurra.

Como activista y profesora, trato de tejer memoria para que mis estudiantes sepan que los derechos que tenemos no han caído del cielo. Que su bienestar depende de que la lucha continúe. Que entiendan, como dice Segato, que el cuerpo de las mujeres sigue siendo ese papel donde el poder escribe su mensaje. Ahora con algoritmos, pero el mensaje es el mismo.

8M: El ruido que no para

Hace unos años, las huelgas feministas de 2018 y 2019 nos hicieron creer que ya nada podría pararnos. La realidad de 2026 es más compleja: la ultraderecha crece, las violencias se vuelven más sofisticadas, y el «se va a acabar el feminismo» de algunos no es una broma, es una amenaza real. Pero el 8 de marzo no es una celebración. Nunca lo ha sido. Es un altavoz, una trinchera, una manera de decir: «seguimos aquí».

Como aquel lema de 2018: «Si nosotras paramos, se para el mundo». Pues bien: aunque el mundo no se pare del todo, nuestro ruido lo hace temblar. Las cacerolas, los gritos, las pancartas: todo eso es el sonido de que no nos resignamos.

No tenemos un plan perfecto para frenar el avance del fascismo y la «pedagogía de la crueldad». Pero tenemos algo mejor: organización. Tenemos la capacidad de hacer ruido. Un ruido que señala al agresor, que interrumpe los negocios de quienes ganan con nuestro dolor, que conecta lo que pasa en nuestra calle con lo que pasa al otro lado del océano.

Este 8 de marzo, salgamos a las calles, que el escándalo de nuestra dignidad sea más fuerte que el silencio que nos quieren imponer. Porque el feminismo no pide permiso para existir: existe, resiste, y vuelve a empezar cada mañana. En cada conversación, en cada denuncia, en cada negativa a callarse.

Y en esa resistencia cotidiana —en esa terquedad de seguir tejiendo redes donde otros siembran muros— se juega la posibilidad de un futuro donde la vida, y no el mercado, sea lo que de verdad importe.

Mujeres nuestra mayor rebeldía es seguir juntas; nuestra mayor victoria es que no volverán a callarnos. 

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Feminismo, ese ruido contagioso

Por: Varias Autoras 

En uno de los mayores barrios de la periferia de Nairobi, hay una norma no escrita por la que si una mujer es atacada o está sufriendo una agresión, salen todas a hacer ruido con sus cazuelas.


Cuenta una buena compañera que en algunas zonas de Kibera, uno de los mayores barrios de la periferia de Nairobi, Kenia, hay una norma no escrita por la que si una mujer es atacada o está sufriendo una agresión, salen todas a hacer ruido con sus cazuelas. El objetivo es estigmatizar la violencia dentro de las comunidades y que ese ruido, esa interrupción de la vida cotidiana, ponga el foco en la  lucha contra la violencia de género.

Es probable que mientras Ayuso anunciaba la entrega de la medalla de la Comunidad de Madrid a Donald Trump “por ser faro de libertad del mundo” —Milei, Guaidó o Noboa también la han recibido— en Minneapolis, centenares de activistas se concentraran a 20 grados bajo cero para dar su mejor do de pecho e improvisar un concierto en las puertas de un hotel. Hotel donde los agentes del ICE intentan descansar tras largas jornadas de redadas y detenciones racistas. La narrativa que triangula inmigración, seguridad y delincuencia no es nueva.

La derecha y la ultraderecha llevan décadas construyendo a través de sus medios, y ahora las redes, al “enemigo común”. Un relato de tintes fascistas cargado muchas veces de islamofobia, donde los derechos de las mujeres se instrumentalizan para imponer políticas racistas. Esa es la misma derecha que se expande a nivel mundial en países como Hungría, Italia o Estados Unidos a través un profundo entramado de organizaciones y fundaciones que buscan implantar políticas públicas de control sobre los cuerpos de las mujeres, su idea de familia tradicional y alertar sobre la teoría del reemplazo o el invierno demográfico.

Si algo hemos aprendido las feministas es que nunca hay que menospreciar la potencialidad de ninguna acción colectiva, por muy pequeña que nos parezca

Lejos de Estados Unidos, el pasado verano, impulsadas por esa necesidad de ruido y  probablemente por la rabia y la impotencia de estar viviendo un genocidio en directo, cinco activistas se plantaron en medio del Alt Empordà para intentar parar la vuelta ciclista. El equipo Israel Premier Tech rodaba a sus anchas legitimando así las actuaciones del estado sionista. Y lo que empezó como un pequeño alfiler cayendo al suelo terminó con convocatorias multitudinarias por todo el estado hasta que se consiguió parar varias etapas de la vuelta ciclista.

Si algo hemos aprendido las feministas es que nunca hay que menospreciar la potencialidad de ninguna acción colectiva, por muy pequeña que nos parezca, ya que sabemos el efecto de contagio que puede producir.

El 31 de enero de 2026 el ruido inundó una vez más La Cañada en una multitudinaria marcha para defender su territorio, y su “derecho a tener derechos”  como expresaba la activista y vecina del barrio Houda Akrikrez en el manifiesto leído al final de la movilización.

Cañada, está amenaza de derribo y desalojo. Desde hace más de cinco años viven sin luz debido a un corte de suministro llevado a cabo por Naturgy empresa española que opera en el sector energético de México, Brasil, Argentina, Chile y Panamá, muchos calificados de narcoestados, por Ayuso.

Las feministas llevamos décadas haciendo ruido, denunciando y visibilizando las violencias, señalando a “truhanes y señores” que se creen impunes

Este territorio del sureste de Madrid también está amenazado por el mantra del ladrillo. Madrid se ha convertido en una de las zonas más tensionadas de todo el Estado, donde la emergencia habitacional está expulsando a miles de personas. Las administraciones le han puesto una alfombra roja a los fondos de inversión transnacionales que especulan y se lucran con la vivienda, comprado bloques enteros, pero también con los servicios públicos como la sanidad o la educación. En sanidad, la gestión indirecta en la Comunidad de Madrid merma los recursos de la pública mientras que en educación el trasvase de fondos a la mal llamada concertada se realiza a través de becas o cesión de suelo público. Cañada lleva más de 30 años poniendo el foco en un modelo depredador de ciudad trasnacional que encuentra resistencias entre colectivos antirracistas, feministas, ecologistas y de defensa de los servicios públicos.

Las feministas “somos más, en todas partes”, como afirma el lema de este año de la comisión 8M del movimiento feminista de Madrid. Llevamos décadas haciendo ruido, denunciando y visibilizando las violencias, señalando a “truhanes y señores” que se creen impunes, como en el caso Epstein. El pasado 13 de enero de 2026 dos exempleadas de Julio Iglesias presentaron ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional una denuncia formal por abusos sexuales, agresión, acoso y explotación laboral. Los hechos ocurrieron en 2021 mientras trabajaban en las residencias del artista en República Dominicana y Bahamas.

La denuncia no ha prosperado, de momento, supuestamente por cuestiones de jurisdicción, pero permite  visibilizar la violencia sexual en el ámbito del trabajo de hogar. Miles de compañeras de este sector denuncian desde hace años la desprotección legal, los abusos y agresiones que sufren a diario en lugares invisibles para la sociedad: el interior de los domicilios. Sacar el empleo de hogar a las calles, a los medios de comunicación, a los juzgados, escuchar su ruido, nos obliga a hablar de las relaciones laborales racistas y patriarcales, de la impunidad de los hombres blancos y ricos en todo el mundo y en el caso del Estado español, de la Ley de Extranjería.

No menospreciemos el ruido, por pequeño que parezca. Este año en Kibera, Cañada, Palestina, Minneapolis o República Dominicana, las feministas saldremos a las calles organizadas para gritar contra el genocidio, el racismo, las violencias y sus guerras. Frente al avance del fascismo y la ultraderecha no tenemos un plan maestro, nadie lo tiene, pero sí tenemos claro que la única salida posible es la movilización y la organización, conectar las amenazas y las luchas locales que reverberan de un territorio a otro, tener una mirada internacionalista. Como decían Olga Rodríguez y Nadwa Abu-Ghazaleh recientemente en una charla sobre Palestina: “Hay que volver a confiar en la fuerza que tenemos todas juntas”.


Sobre la autoría de ese artículo, ha sido escrito por Izaskun Aroca, Ruth Caravante, Laura Casielles, Sara Lafuente, Haizea Miguela, Justa Montero, Eva Muñoz, Julia Riesco, Ana Romo y Julia Tabernero, integrantes de Feministas en Acción.


Fuente: https://www.elsaltodiario.com/8marzo/feminismo-ruido-contagioso

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Nada que celebrar: el 8M es un día de lucha internacional

Recuperar su raíz obrera frente a la mercantilización y el olvido histórico

Por: Andrea Fischer

Una mujer rinde honor a «Annie», víctima del incendio del Triangle, 1911. Cada 8 de marzo, las calles se llenan de consignas que recuerdan que no hay nada que celebrar cuando la desigualdad persiste

“Dejé de marchar”, reconoce Melissa Fernández Chagoya, antropóloga y docente para la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa (UAM-I). Llega marzo y la Ciudad de México se tiñe de morado: las calles que ennervan la ciudad se visten de jacarandas, y las mujeres —en ocasiones, también de morado; otras, de verde—, nos arremete la afronta del 8M. Como “estudiosa y practicante del feminismo”, según se describe a sí misma, sin duda es una decisión que llama la atención.

En su experiencia, algunas instituciones estatales y educativas “dan el día”, o le piden a las trabajadoras “que se visten de morado”, como si la fecha fuese algún tipo de celebración. Algunas personas, incluso, felicitan a sus compañeras, madres, hermanas por el Día Internacional de la Mujer, “como si ser mujer fuera algo que celebrar”. ¿Hay algo que celebrar? En entrevista, entre las charlas, la supuesta fiesta y el fervor feminista, la antropóloga se pregunta qué estamos celebrando (y por qué).

Una fecha originada en la Unión Soviética

“El Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en realidad, no responde al siglo XXI”, dice Fernández Chagoya. De hecho, ni siquiera se ubica en Occidente. Responde históricamente a la necesidad “de las mujeres soviéticas de ser sujetas de derecho y frente a lo laboral”, durante las primeras décadas del siglo pasado.

Incluso entonces, dice la especialista, “se buscaba paridad de salarios con respecto a los varones”. Entonces, la lucha del 8 de marzo ya nos ha dejado cosas que, en sus palabras, “hoy en día damos por hecho”, como jornadas de ocho horas, vacaciones pagadas y prestaciones de ley.

Más adelante, hacia la década de los 70, la Organización de Naciones Unidas (ONU) apela a un hecho trágico en Nueva York (EE. UU.), en el que cientos de mujeres murieron calcinadas en una fábrica de ropa. Lo que interesa aquí, según la antropóloga, es que “la ONU decide quitarle el apellido a la fecha”, para relegar su historicidad soviética a un lugar más cómodo en el discurso de Occidente.

No sólo eso. Hoy en día, “el 8M se enfoca principalmente en la erradicación de la violencia contra las mujeres”, y es interesante cómo el 25 de noviembre, cuando se conmemora el Día Internacional de la Violencia contra las Mujeres y Niñas, parece olvidado: “como que se duplican las fechas y conmemoraciones”.

Fernández Chagoya piensa que esto responde a los “niveles altísimos de violencia que vivimos las mujeres, niñas e identidades que se ubican dentro de ‘lo femenino’”.

¿Por qué no se celebra el 8M?

Ahora bien, ¿qué se celebra? Fernández Chagoya considera “muy delicado” festejar el hecho de ser mujer, sólo porque sí. “¿Qué celebramos? ¿La subalternidad, la violencia exacerbada, la desigualdad?”.

Para la especialista, hay un vínculo evidente entre esta actitud ‘celebratoria’ y el Día de las Madres, que tradicionalmente se vive el 10 de mayo. Existen trazos —o más bien, cicatrices— que ha dejado la “ultraderecha” en esta actitud celebratoria: en lugar de darle cabida a las revueltas y a la capacidad de réplica, se viste a las mujeres y a sus fechas de un halo santificado y misterioso, que innegablemente las relega al rol de madres y personas gestantes. Mejor en casa que en las calles.

En la cotidianidad, dice la antropóloga, “acabamos agarrándole cariñito a estas celebraciones”. Ella, por su parte, no celebra el 8M. Por el contrario, decide recordar su genealogía histórica —muy soviética y olvidada casi a propósito—, reconocer su apellido y “darle su tinte obrero”.

Y no sólo eso: la antropóloga reconoce que le genera “mucha rabia que le celebren el ser mujer”. “¿Qué me estás celebrando?” se cuestiona. Y, “¿de qué forma estás apagando la lucha de las mujeres y de otras identidades históricamente vulnerabilizadas?” Para ella, es una manera de coptar las emociones difíciles, para silenciarlas —o convertirlas en mercancía.

Las flores, el júbilo, la memorabilia morada, ¿es suficiente para opacar la rabia, la ira y el dolor? Para quienes festejan el 8 de marzo, sí.

¿Hay una manera correcta de vivir la fecha?

No hay razones para celebrar el Día Internacional de la Mujer (Trabajadora, ¿cierto?). Por el contrario, sobran argumentos para conmemorarlo.

Ahora bien, Melissa considera que no hay una manera correcta de vivir la fecha. “Absolutamente no”, determina la especialista. En lugar de juzgar a las mujeres que disfrutan de recibir flores y regalos, propone entenderlas. O mejor aún, “redirigir esa rabia” a donde pertenece: “a los entes que desvirtúan un movimiento por lo que es”.

Aunque dejó de marchar, acompaña a sus estudiantes —chicas y disidencias— que se suman a eso que ella nombra como “feminismo de las calles”: ése que está al tanto de nuestros sentires y cómo se adapta al contexto contemporáneo. Melissa vive el feminismo como una cosa viva, bien palpable y que palpita.

Sin embargo, la antropóloga no puede evitar la sugerencia: “[hay que] tener cuidado con las modas”. Sobre todo, porque “todas las movilizaciones que favorecen a la mayoría —y hacen tambalear a una minoría [en el poder]— serán coptadas”. Al reconocer el origen, las demandas y los intereses del 8M, Melissa piensa que podremos tomar “mejores decisiones”.

https://www.meer.com/es/104857-nada-que-celebrar-el-8m-es-un-dia-de-lucha-internacional

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Los derechos de las mujeres están retrocediendo en todo el mundo y la plena igualdad sigue siendo un sueño

«A medida que el mundo navega por un retroceso democrático, el aumento de los conflictos, las presiones económicas y la reducción del espacio cívico, hay un rechazo cada vez más organizado a la igualdad de género y un retroceso de los derechos de las mujeres», declaró Sarah Hendriks, directora de Políticas de ONU Mujeres, en una rueda de prensa en Nueva York. «Los sistemas de justicia no son ajenos a esas presiones, las reflejan», añadió.

El informe, titulado Garantizar y fortalecer el acceso a la justicia de todas las mujeres y niñas, revela que a nivel mundial las mujeres solo disfrutan del 64% de los derechos jurídicos que tienen los hombres. Esta brecha las expone a discriminación, violencia y exclusión en cada etapa de la vida.

Definición de violación y otras desigualdades

Las cifras son demoledoras: en más de la mitad de los países del mundo, el 54%, la violación aún no se define legalmente basándose en el consentimiento. Esto significa que una mujer puede ser violada sin que la ley lo reconozca como delito. En casi tres de cada cuatro países, la legislación nacional permite el matrimonio infantil forzado. Y el 44% de los países carecen de leyes que impongan la igualdad salarial por trabajo de igual valor, lo que hace legal pagar a las mujeres menos que a los hombres por el mismo trabajo.

«Cuando las mujeres y las niñas son privadas de justicia, la magnitud de los daños va mucho más allá de un caso aislado. La confianza pública se erosiona, las instituciones pierden legitimidad y el propio Estado de derecho se debilita», declaró Sima Bahous, directora ejecutiva de ONU Mujeres. «Un sistema de justicia que no asume sus obligaciones con la mitad de la población no puede pretender trabajar por la justicia».

Reacciones contra la igualdad y violencia en conflictos

El informe advierte que las reacciones hostiles contra los compromisos de larga data con la igualdad de género se intensifican, y las violaciones de los derechos de las mujeres se aceleran, alimentadas por una cultura de impunidad global, tanto en los tribunales como en los espacios digitales y en contextos de conflicto.

Las leyes se están reescribiendo para limitar las libertades de las mujeres y las niñas, silenciarlas y permitir abusos sin consecuencias.

En 2024, 676 millones de mujeres y niñas vivían a menos de 50 kilómetros de un conflicto mortal, la cifra más alta desde los años noventa. Como resultado, las violaciones de violencia sexual relacionada con conflictos han aumentado un 87% en solo dos años.

Reformas necesarias

Hendriks subrayó que «cuando la justicia falla a las mujeres y las niñas, el daño va mucho más allá de una historia individual». Los sistemas pueden evolucionar, dijo, y recordó que desde 1970 más de 600 millones de mujeres han obtenido acceso a oportunidades económicas gracias a reformas del derecho de familia.

ONU Mujeres insta a los gobiernos a implementar reformas judiciales «diseñadas por mujeres y para mujeres» antes de 2030. La urgencia es máxima: casi el 90% de las organizaciones que trabajan para poner fin a la violencia contra mujeres y niñas reportan recortes en servicios esenciales, y solo el 5% cree que podrá mantener su situación actual más allá de dos años.

https://news.un.org/es/story/2026/03/1541210

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CII-OVE: Activa trinchera de pensamiento crítico frente al avance de la Inteligencia Artificial

Luz Palomino/CII-OVE

Bajo la alianza entre el Centro Internacional de Investigaciones Otras Voces en Educación (CII-OVE) y la Universidad Indígena Campesina en Red (UCIRED), inició el Diplomado Internacional “Inteligencia Artificial, Pedagogías Críticas y Pensamiento Colectivo”. Un espacio que apuesta por la soberanía cognitiva frente al extractivismo digital en Nuestra América.

Mientras las grandes corporaciones de Silicon Valley presentan a la Inteligencia Artificial (IA) como una fuerza neutra e inevitable que viene a «solucionar» los problemas de la educación, desde el Sur Global emerge una respuesta contundente. El pasado 26 de febrero, más de un centenar de educadores, investigadores y activistas de toda la región se dieron cita en el encuentro inaugural de un diplomado que promete no ser un curso técnico más, sino una asamblea permanente de resistencia pedagógica.

Del miedo a la conciencia colectiva

La sesión de apertura, denominada «Mapeo Territorial», permitió a las y los participantes identificar las tensiones que la IA está generando en sus comunidades. Lejos de la fascinación por la herramienta, el debate se centró en la preocupación por el extractivismo de datos, la precarización del trabajo docente y el riesgo de una estandarización cognitiva que borre la diversidad cultural de nuestros pueblos.

Un itinerario de lucha y pensamiento

El diplomado, que se extenderá hasta julio de 2026, cuenta con un programa robusto que atraviesa las fronteras de la tecnología y la política:

  • Desmitificación de la IA: Análisis de los algoritmos como entramados de control y poder.

  • Pedagogías del Sur: Un diálogo necesario con los saberes campesinos e indígenas para defender el territorio y la vida.

  • Pensamiento Crítico: El «antivirus» necesario para desmontar las narrativas dominantes de las Big Tech.

  • Soberanía Tecnológica: El desarrollo de proyectos integradores que funcionen como herramientas de lucha real en las escuelas.

Inscripciones abiertas: El desafío continúa

La organización informó que, tras el éxito de la primera sesión, se ha abierto una última ventana para quienes deseen sumarse a este proceso. Las inscripciones cerrarán definitivamente el próximo 10 de marzo, previo a la segunda clase del 12 de marzo, donde se abordará el tema: «Fundamentos críticos de la IA: Algoritmos y subjetividad escolar».

En un contexto donde la tecnología parece avanzar sobre los derechos humanos y la autonomía pedagógica, este diplomado se erige como un espacio vital para defender la educación como práctica de la libertad. Como bien resuena en los principios del programa: «Si la IA intenta predecir nuestra conducta, nuestro pensamiento colectivo busca lo impredecible: la chispa de la organización popular».

¿Deseas formalizar tu inscripción o conocer más sobre el programa? https://forms.gle/NaJqTEVoHdjJZioc8

Escribe al correo: otrasvoceseneducacion1@gmail.com

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Inteligencia artificial en educación: ¿pensar mejor o aprender a obedecer?

Priscila Alvarado

Tal vez sea momento de abandonar la falsa dicotomía entre permitir o prohibir la inteligencia artificial y comenzar a observar, en el micro nivel, lo que ocurre dentro de las aulas. Los propios docentes podríamos preguntarnos si las experiencias de aprendizaje que proponemos invitan a diseñar, cuestionar y tomar decisiones, o si, por el contrario, fomentan una actitud pasiva en nuestros estudiantes.

La inteligencia artificial ha irrumpido en nuestras vidas al punto de obligarnos a replantearnos hasta dónde estamos dispuestos a dejarla entrar. Su aplicación en múltiples sectores, particularmente en educación, nos enfrenta a una pregunta inevitable: ¿permitiremos que se convierta en la mayor oportunidad educativa de nuestra generación o en un mecanismo cada vez más sofisticado para socavar el pensamiento crítico?

No podemos perder de vista un aspecto clave: el acceso no es el mismo para todos. Por lo tanto, habría que cuestionarse quiénes están haciendo uso de esta herramienta, con qué fin y bajo la guía de quién.

A esto se suma un escenario inquietante. Mientras muchos docentes debaten si utilizar la inteligencia artificial para apoyar el desarrollo del pensamiento crítico o, por el contrario, prohibirla, nuestros estudiantes van un paso más adelante. Ya la están utilizando, en muchos casos sin que los adultos siquiera lo hayan advertido.

Este contexto nos obliga a profundizar la discusión. A mi juicio, la pregunta de fondo no es la tecnología en sí. Al ritmo que avanzamos, es probable que aparezcan nuevas formas de inteligencia artificial en poco tiempo. La pregunta es, más bien, profundamente educativa: ¿estamos preparando a los estudiantes para liderar un mundo con inteligencia artificial o solo para adaptarse a él?

Si realmente aspiramos a que nuestros estudiantes utilicen la inteligencia artificial para impactar positivamente el mundo, las escuelas debemos impulsarlos a cuestionarla y a comprender cómo funciona. Para que eso ocurra, resulta evidente que necesitamos repensar nuestros sistemas educativos. La brecha entre lo que enseñamos y su aplicación práctica en la vida debería ser visible y significativa para niños y jóvenes. De lo contrario, si no les mostramos cómo usar estas herramientas para avanzar en su aprendizaje, corremos el riesgo de automatizar la mediocridad.

La responsabilidad es nuestra. Somos los adultos quienes debemos guiar a los jóvenes para que sean ellos quienes utilicen las plataformas, y no al revés. Esto implica, además, abrir espacios para discutir los posibles sesgos de la información generada por la inteligencia artificial y las dimensiones éticas que conlleva su uso. En otras palabras, queremos formar estudiantes que aprendan a pensar con la inteligencia artificial, no solo a obedecerla.

Aquí surgen una serie de preguntas incómodas pero necesarias: ¿estamos desarrollando pensamiento crítico cuando gran parte de lo que enseñamos puede encontrarse en Google o en ChatGPT? ¿Cuál es hoy la verdadera función de la escuela? ¿Cómo podemos usar esta herramienta para formar ciudadanos con conciencia social, capaces de mirar la realidad desde múltiples perspectivas y no solo desde la propia?

Tal vez sea momento de abandonar la falsa dicotomía entre permitir o prohibir la inteligencia artificial y comenzar a observar, en el micro nivel, lo que ocurre dentro de las aulas. Los propios docentes podríamos preguntarnos si las experiencias de aprendizaje que proponemos invitan a diseñar, cuestionar y tomar decisiones, o si, por el contrario, fomentan una actitud pasiva en nuestros estudiantes.

Al mismo tiempo, quienes ocupamos roles de liderazgo en las instituciones educativas deberíamos revisar nuestras estructuras y procesos para no caer en modas pasajeras que, una vez superadas, nos dejan exactamente en el mismo lugar. Un lugar que sigue promoviendo pasividad en los aprendices, en vez de una educación que fomente la creatividad, la búsqueda y la resolución de conflictos. Si continuamos operando desde un modelo pedagógico de transmisión, “si no te enseño, no aprendes”, es probable que sigamos formando generaciones que obedecen la tendencia del momento sin cuestionar su utilidad. En ese escenario, la tecnología termina reforzando prácticas obsoletas en lugar de transformarlas. A mi juicio, la verdadera brecha educativa del futuro no será tecnológica, sino decisional: entre quienes utilizan la inteligencia artificial para pensar mejor y quienes solo la usan para obedecer. Por ello, me atrevo a decir que la tecnología no va a definir el futuro de la educación; lo harán las decisiones que tomemos, o dejemos de tomar. (O)

https://www.forbes.com.ec/columnistas/inteligencia-artificial-educacion-pensar-mejor-o-aprender-obedecer-n86822

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Argentina: Los gremios docentes pararon y movilizaron en todo el país

La CTERA dijo que la adhesión fue del 90% y que continuarán los reclamos con nuevas acciones.

Los gremios docentes realizaron un paro nacional con movilizaciones en distintas partes del país contra las políticas del gobierno de Javier Milei y las administraciones provinciales. El acto central se llevó adelante frente al Congreso de la Nación, donde confluyeron los principales sindicatos del sector, mientras que en distintas provincias también se destacaron grandes concentraciones, marchas y otras actividades para visibilizar el reclamo.

Desde la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (CTERA) dejaron en claro que la jornada tuvo una adhesión del 90% a nivel nacional y que la lucha continuará con nuevas acciones.

La secretaria general de CTERA, Sonia Alesso, denunció el desfinanciamiento del sistema educativo y apuntó contra la eliminación del Fondo Nacional de Incentivo Docente (FONID), la falta de convocatoria a la paritaria nacional y los recortes en presupuesto para comedores escolares y programas de conectividad. “¡Nos quieren de rodillas! ¡Quieren que no haya paritaria nacional docente! ¡Quieren que no haya presupuesto para la educación! ¡Quieren que no haya comedor y copa de leche para nuestros pibes y para nuestras pibas! ¡Quieren que no haya FONID, que no haya conectividad!”, expresó.

Alesso anuncio de continuidad del conflicto. “Por eso, hoy, continuamos el plan de lucha que venimos haciendo en el país, en todas las provincias. ¡Esta continuidad no termina acá! ¡Vamos a construir el Frente Nacional Educativo en todo el país! ¡Con carpas, clases públicas, movilizaciones, debate con la sociedad! ¡Y vamos a seguir el plan de lucha hasta que retrocedan las políticas de ajuste!”, afirmó.

Los docentes y trabajadores de la educación no solo rechazan el ajuste salarial, sino también que insisten en la necesidad de inversión y más presupuesto para la educación pública, que viene siendo desfinanciada por el gobierno de La Libertad Avanza.


Fuente: https://agencia.farco.org.ar/noticias/los-gremios-docentes-pararon-y-se-movilizaron-en-todo-el-pais/

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