A largo plazo, llevar demasiado peso en la mochila puede provocar que los estudiantes alcancen menor talla de la que deberían, tal y como señala la doctora Helena Bascuñana, que ofrece recomendaciones para elegir y llevar la mochila de forma correcta.
Ahora que da comienzo el curso escolar es importante subrayar la importancia de llevar un peso correcto en la mochila de los escolares. Y es que, a largo plazo,llevar mucho peso en la mochila puede provocar que los estudiantes tengan una talla más baja de la que deberían, siendo el 15% del peso total del estudiante la cifra que no se debería superar, según la doctora Helena Bascuñana, vicepresidenta de la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física (SERMEF).
Con estos datos sobre la mesa, ofrece una serie de recomendaciones para “fomentar hábitos saludables desde el inicio de curso en aras de mantenerlos hasta el final, porque los niños y niñas suelen llevar mochilas con mucho más peso del que deberían y con frecuencia aparece el dolor de espalda”.
Cómo cuidar la espalda de los estudiantes
La experta de la SERMEF, sociedad científica que aglutina a los médicos rehabilitadores de España, comenta que es sencillo cuidar la espalda si se siguen una serie de recomendaciones a la hora de llevar o elegir la mochila:
No debe superar el 15% del peso total del estudiante.
Precisan estar acolchadas en la espalda, que tengan asas anchas y un cinturón para poder abrocharse a la cintura.
El alumno debe llevar siempre puestas las dos asas y no dejar una colgando.
“Es muy importante también que los niños y adolescentes tengan el hábito de planear lo que necesitan llevar al día siguiente para intentar llevar el menor peso posible”, señala Bascuñana, quién ha desvelado que “en general, para la espalda de los niños, son más recomendables las mochilas de asas con cinturón que las de ruedas: siempre es mejor para la espalda empujar que tirar. Es como los carros de la compra. Las mochilas con ruedas hacen que los niños acaben levantándola con una sola mano y que la distribución del peso sea peor, con riesgo de generar dolor en la espalda”, subraya.
En el caso de la disminución de la talla, la experta explica que “los españoles hemos mejorado de talla porque ha mejorado la alimentación, pero también porque ha desaparecido el trabajo infantil. El trabajo infantil influía en que los niños llevaban una gran carga de peso con consecuencias en su talla, y ahora esta situación puede volver a producirse con el peso de las mochilas, que en algunos casos es muy elevado. A largo plazo llevar mucho peso en la mochila puede provocar que el niño o adolescente tenga una talla más baja de la que debería”.
Ejercicio físico
Por otro lado, la doctora también señala el sedentarismo de los estudiantes debido, en parte, a las pantallas. “Los niños están todo el día con las pantallas y debido a eso muchos niños y niñas se están haciendo sedentarios. Antes esta situación era anecdótica. Con una hora de pantalla al día es suficiente porque es perjudicial hasta para la vista”, apunta. “La frecuencia ideal con la que los niños deberían practicar una extraescolar deportiva sería cada día. Es decir, los siete días de la semana, pero al menos, lo mínimo ha de ser tres veces a la semana. Esto valdría para toda la población”, ha subrayado.
Por último, la vicepresidenta de la Sociedad Española de Rehabilitación y Medicina Física (SERMEF) ha manifestado que “se debe tener en cuenta que a veces la actividad física (en niños y adolescentes se recomiendan 60 minutos de ejercicio al día) se puede integrar en la vida diaria. No solo es hacer extraescolares deportivas. Una cosa es hacer deporte estructurado a la semana, como puede ser una extraescolar, y luego está la actividad física diaria que también se debe realizar”. “Hay que promulgar la cultura de moverse. Por ejemplo, si se puede ir andando a algún sitio mejor que ir en coche. O subir escaleras mejor que un ascensor”, concluye.
Fuente e Imagen: https://www.educaciontrespuntocero.com/noticias/peso-mochilas/
América del Sur/Venezuela/16-09-2022/Autora:Erika Hernández/Fuente:www.elnacional.com
Los precios varían de un lugar a otro y dependen, también, de la marca. Pero, en promedio, una familia puede invertir 100 dólares para equipar a un estudiante para el inicio del nuevo año escolar en un país donde el salario mínimo se ubica en 130 bolívares, lo que según la tasa oficial del Banco Central de Venezuela es poco más de 16 dólares.
Padres y representantes se preparan para afrontar los gastos correspondientes a la lista de útiles y uniformes de cara al nuevo año escolar 2022- 2023. Los precios, pese a que varían dependiendo de la zona y la marca de los materiales, se mantienen fuera del alcance de los ciudadanos que perciben un sueldo base o que deben cubrir las necesidades de más de un estudiante. Mientras que el salario mínimo en el país se ubica en 130 bolívares, lo que según la tasa oficial del Banco Central de Venezuela es poco más de 16 dólares, la compra de artículos escolares puede superar los 100.
Durante un recorrido realizado por El Nacional en diferentes puntos de Caracas, se pudo observar muy poco movimiento en la compra de útiles y uniformes escolares. Esto pese a que falta poco menos de un mes para el retorno a las aulas, que de acuerdo con el Ejecutivo Nacional, será a principios del mes de octubre.
«Estamos esperando que las ventas se activen una o dos semanas antes de que inicien las clases. Creo que las personas están esperando a juntar un dinerito para poder comprar», señaló Carlos Cárdenas, dueño de un puesto de útiles escolares en Catia, quien agregó que los últimos años han sido complicados para los comerciantes debido a la crisis económica del país y la pandemia.
En la feria escolar habilitada en Plaza Caracas, los vendedores también coinciden en que las ventas podrían mejorar en unas dos semanas. «La cultura del venezolano es dejar todo para última hora», manifestó de forma jocosa Lourdes Medina, responsable del toldo número 11.
Feria escolar habilitada en Plaza Caracas| Foto Ramsés Romero (@rrbfotos)
Mientras que en Chacaíto, donde se mantiene durante todo el año una feria escolar, los comerciantes aseguran que el flujo de compradores se ha ido incrementando en la última semana. Sin embargo, destacan que hay un descenso en las ventas, en comparación con años anteriores a la pandemia.
Precios de útiles escolares
Los cuadernos grandes tienen un costo que varía entre 1 y 2 dólares, dependiendo de la marca. También pueden encontrarse ofertas en ferias y librerías de Caracas donde se consiguen 6 libretas de una materia por 5 dólares, o 12 por 10 dólares. En cuanto a los de tamaño pequeño, se consiguen de 6 dólares en adelante.
Las cajas de lápices más económicas se pueden adquirir por 1 dólar en las ferias escolares adscritas a la alcaldía del municipio Libertador. Mientras que en Chacaíto y otras librerías de la Gran Caracas, el costo es de 2,50 dólares en adelante.
Los útiles escolares pueden variar de precio dependiendo de la marca y calidad | Foto Ramsés Romero (@rrbfotos)
Las opciones más económicas de cajas de 12 colores van desde 1 a 3 dólares, pero algunas marcas pueden llegar a costar más de 15 dólares. Otros artículos básicos como la pega blanca, tijera, goma de borrar y sacapuntas se pueden adquirir a partir de 1 dólar.
La resma de papel tiene un costo que varía entre 6 y 15 dólares. Y los diferentes tipos de papeles (bond, lustrillo, seda, celofán, entre otros) se consiguen a partir de 0,50 centavos de dólar. Las escuadras y compás de precisión suelen tener un costo que va de 2 dólares en adelante.
Los padres y representantes también pueden adquirir algunos útiles en combo. Por ejemplo, un local de Chacaíto ofrece cuatro cuadernos grandes, un borrador, un sacapuntas, una caja de colores, una caja de lápices, una regla y una pega blanca, por un total de 15 dólares.
En la feria de Chacaíto ofrecen combos de útiles escolares| Foto Ramsés Romero (@rrbfotos)
Cabe destacar que la mayoría de los locales visitados durante el recorrido vende sus artículos en base a la tasa oficial del dólar para evitar ser multados por las autoridades. Según el BCV, la divisa se cotizaba para el miércoles 7 septiembre en 7,9 bolívares.
Textos escolares
La oferta de textos escolares es mucho menor a la del resto de los artículos para el colegio. De las ferias populares visitadas por El Nacional, solo en Chacaíto se encontró un local de libros. En las librerías, proveedurías de las instituciones y en los locales ubicados bajo el puente de la avenida Fuerzas Armadas, en Caracas, es donde se pueden hallar los textos solicitados por algunas instituciones.
En cuanto a los precios de los textos escolares, van desde 8 a 35 dólares. Julio Mazparrote, vicepresidente de la Cámara de Editores, explicó que los más costosos suelen ser las enciclopedias y algunos títulos para estudiantes de bachillerato.
El costo de los textos escolares va de 8 a 35 dólares | Foto:Ramsés Romero (@rrbfotos)
«Los docentes suelen pedir entre 2 y 6 títulos por estudiantes. Los primeros grados de preescolar suelen requerir entre 2 y 3 libros, en primaria unos 4 libros (incluyendo las enciclopedias), y en bachillerato pueden ser más de 6 a 8 libros que son más o menos las materias que se imparten. Sin embargo, la tendencia actualmente es que en bachillerato no se exigen los textos escolares, solamente se sugieren y el representante decide si los adquiere o no», indicó.
Mazparrote destacó que, tras dos años de clases virtuales por la pandemia y luego de casi 10 años de crisis económica del país, este 2022 muchos docentes e instituciones están retomando el interés por usar los textos escolares como herramientas clave en el aprendizaje de los menores de edad.
Pese a que las proyecciones en cuanto a las ventas de textos escolares son positivas, Mazparrote señaló que la situación de las editoriales en Venezuela sigue siendo crítica. Esto se debe más que todo a la inestabilidad económica del país y a la prohibición del Estado de que las empresas privadas de libros ofrezcan sus textos en las escuelas públicas.
En bachillerato es donde se piden más textos escolares | Ramsés Romero (@rrbfotos)
«En el año 2010 en el país funcionaban unas 25 editoriales, pero en la actualidad solo quedan 8. El primer zarpazo que recibieron las editoriales fue en 2010, cuando el Estado venezolano decidió excluirlas de las instituciones públicas, para solamente publicar la colección bicentenario. Cabe destacar que 80% de los estudiantes venezolanos pertenece a la educación pública y solamente 20% estudia en colegios privados», agregó.
Desde 2011 las editoriales no tienen un canal de comunicación con el Ministerio de Educación. Recientemente desde la Cámaras de Editores intentó un nuevo acercamiento con las autoridades, pero la respuesta fue tajante: no hay ninguna posibilidad de que los libros de empresas privadas puedan ser utilizados en colegios públicos.
«Nos estamos concentrando en producir más que todo para el área de preescolar y primaria, porque en estos grados se usan los cuadernos de caligrafía, de actividades, que se piden todos los años. Pero en cuanto a los libros teóricos, de lectura, la crisis los ha llevado a su desaparición», precisó Mazparrote.
Uniformes
El costo de los uniformes representa uno de los mayores gastos para los padres y representantes en el regreso a clases. Los precios son muy variados, pues no solo dependen de la talla del estudiante o la marca, sino también de la zona en la que se adquiera.
Roberto Rimeris, presidente de la Cámara Venezolana de la Industria del Vestido, advirtió el pasado 28 de agosto sobre un incremento en el costo de los uniformes debido a la poca oferta en el mercado. Y es que de 400 empresas de ropa escolar que funcionaban hace 20 años, en la actualidad solo se mantienen operativas 25.
Los uniformes escolares sufrieron un incremento debido a la poca oferta| Foto Ramsés Romero (@rrbfotos)
El Nacional pudo evidenciar que los pantalones escolares tienen un costo de 10 dólares en adelante en las ferias escolares populares, mientras que en negocios ubicados en centros comerciales al este de la ciudad de Caracas pueden ir desde 15 a 40 dólares por pieza.
En el caso de las camisas tipo chemise, en las ferias se ubican entre 5 y 10 dólares; pero en tiendas tienen un precio que puede ir desde 10 a 26 dólares. Las franelas se consiguen a partir de los 4 dólares y pueden llegar a costar hasta 20 dólares.
Las faldas escolares tienen un precio que varía entre 7 y 32 dólares, los monos deportivos desde 5 hasta los 30 dólares y las medias de 0,50 centavos de dólar en adelante.
Los zapatos escolares pueden costar de 10 dólares en adelante| Foto Ramsés Romero (@rrbfotos)
Los precios de los zapatos escolares en las ferias van desde los 10 dólares en adelante pero en centros comerciales pueden variar entre 20 y 50 dólares. El calzado deportivo se consigue a partir de 10 dólares.
En las ferias también se ofertan los uniformes en combos. Van desde los 10 dólares por un mono, dos franelas y un par de medias, hasta los 35 dólares con zapatos u otras prendas incluidas.
Los representantes también pueden comprar los uniformes en combos | Foto Ramsés Romero (@rrbfotos)
Instituciones públicas son menos exigentes
El Estado tiene prohibido a las instituciones públicas solicitar de manera obligatoria cualquier tipo de material escolar. Sin embargo, muchos docentes suelen hacer sugerencias a los padres en cuanto a los artículos que son completamente necesarios para el proceso de aprendizaje.
«Aquí lo que hacemos es pedir a los estudiantes que traigan implementos básicos como cuadernos, lápices, sacapuntas, entre otros, para su uso personal. Y otros artículos como diversos tipos de papeles, pega, o material didáctico, se solicita a modo de colaboración entre los representantes», señaló una docente de una escuela pública de Caracas, quien pidió no ser identificada.
En las escuelas públicas solo se pide a los estudiantes los materiales básicos| Foto Ramsés Romero (@rrbfotos)
La subdirectora de una institución rural, ubicada en el estado Miranda, señaló que desde hace años no reciben los libros de la colección Bicentenario, por lo que los estudiantes no cuentan con ningún tipo de texto escolar para apoyar su aprendizaje. Además, también señaló que son muy pocos los bolsos con útiles escolares que llegan para los alumnos.
«Es muy difícil trabajar de esta forma. Nos prohíben pedir a los estudiantes cualquier tipo de material, pero tampoco les hacen llegar algo tan básico como un cuaderno o un lápiz. Tampoco contamos con libros de texto, y no todos los alumnos disponen de un teléfono celular para investigar por Internet. La escuela está localizada en una zona montañosa donde ni siquiera hay señal telefónica, además, es una zona muy humilde, con personas de escasos recursos», agregó la profesional que también pidió el anonimato.
En otras instituciones de la capital se arriesgan a solicitar un mayor número de materiales, e incluso, textos escolares de editoriales privadas. «No es obligatorio, pero el representante que quiera adquirir el libro, puede hacerlo. Es una herramienta de mucha ayuda para los estudiantes», comentó otra maestra.
Si bien todo depende de la escuela o el docente, un representante puede gastar entre 15 y 20 dólares para adquirir útiles básicos. Esto para los estudiantes de instituciones dependientes del Estado.
La lista de útiles de colegios privados puede superar los 20 artículos| Foto Ramsés Romero (@rrbfotos)
En los colegios privados el escenario es diferente. Las listas de útiles para los estudiantes de primaria suelen incluir unos 20 artículos o más, a lo que deben sumarse los textos escolares que varían en número dependiendo del grado. En este caso el presupuesto puede superar los 50 o 60 dólares.
A los estudiantes de bachillerato no se les exigen libros de texto, pero sí un cuaderno por materia. También deben contar con artículos como block de dibujo y de contabilidad, diccionarios, marcadores, creyones, escuadras, cartulinas, calculadoras, entre otras. Dependiendo del año, un representante puede requerir de entre 25 y 50 dólares para cubrir todas estas necesidades.
@ErikaHDelaR
Fuente e Imagen: https://www.elnacional.com/economia/utiles-y-uniformes-escolares-cuanto-gastan-padres-y-representantes-para-el-regreso-a-clases/
Una experta en Educación Infantil de la UNIR explica cómo hay que enfrentarse a la primera separación de apego entre padres e hijos.
¿Cómo hacer bien el periodo de adaptación de los niños a Educación Infantil? Esta es la pregunta que se hacen muchos padres en estos días. La respuesta no es sencilla puesto que cada niño, y cada familia, es diferente, pero lo lo cierto es que sí que hay unas pautas generales que es conveniente conocer.
Carlota Pérez, directora del Grado de Maestro en Educación Infantil de UNIR, asegura que desde el punto de vista educativo no hay duda de que se trata de un momento excepcional. «Es la primera vez que el pequeño sale de su ámbito familiar para enfrentarse a un nuevo entorno totalmente desconocido, por lo que hay que darles tiempo para normalizar la situación. El periodo de adaptación debe existir sí o sí para el pequeño, pero también para los padres que deben cambiar rutinas, horarios sobre las dinámicas familiares de comidas, alimentación, ocio…».
Explica que emocionalmente es normal que los progenitores sientan incertidumbre sobre si su bebé estará bien cuidado y recibirá la atención y el cariño que merece, «por eso es importante tener un contacto directo con los educadores», por lo que recomienda que, sobre todo en los primeros días, sean los padres los que lleven al pequeño al centro y vayan a recogerle para que, de este modo, los educadores puedan darles información de primera mano sobre cómo ha llevado el día su pequeño.
Diana Oliver, autora de ‘Maternidades precarias’ apuntó que «criar implica cuidar y no hay ayudas que lo permitan», durante la presentación de la campaña ‘La crianza nos quita el sueño’, realizada por la Plataforma Infancia
Al ser una época de grandes cambios, los padres no deben dejarse dominar por un sentimiento de culpabilidad por no poder estar las 24 horas del día con su hijo. Esta sensación es la que provoca en muchos padres que mimen en exceso y consientan a sus hijos aspectos que de otra forma no harían. Por todo ello, Carlota Pérez expone diversos errores muy comunes que hay que intentar evitar:
Transmitir intranquilidad al bebé
No hay que dejarse llevar por los nervios propios de la separación. Como adultos se deben controlar tanto los gestos como las palabras para que el pequeño no aumente su sensación de inseguridad.
Evitar determinadas frases
Si se le dice en el momento de la separación «No llores cariño que si no mamá se va a ir muy triste a trabajar», se le está haciendo un chantaje emocional y se le hace al niño responsable de nuestra tristeza. «No te preocupes que vengo muy rápido», supone una gran mentira. «Deja de llorar que cuando venga a por ti te voy a comprar chuches», implica un soborno en toda regla. «No llores que no es para tanto», implica que no valoramos sus emociones y se minimizan.
Alargar la despedida
Muchos padres temen el momento de separarse y perder el contacto visual con sus hijos cuando entran en su clase y no paran de hablarles, de sostenerles en brazos… lo que alarga el sufrimiento de ambos.
Irse a escondidas, sin decir ni adiós
Para el pequeño perder de vista de repente a sus figuras de referencia, sin un beso de despedida o una caricia, puede generarle más miedo a enfrentarse a la nueva situación.
Acudir toda la familia a la escuela para ver cómo entra en su clase
Para el niño puede suponer un mayor disgusto el momento de la despedida si están sus padres, los abuelos, algún tío o primito. Ver que él se va y se mete en una clase mientras el resto de su familia sigue unida, no debe ser agradable.
Que falte al día siguiente
Algunos progenitores consideran que «como ayer ya lo pasó muy mal el pobrecito, pues mejor que hoy se quede en casa tranquilito, y ya irá mañana». Cuanto antes coja el hábito de rutina es mejor para él, de lo contrario supone alargar el periodo de adaptación y jugar al despiste.
Fuente e Imagen: https://www.abc.es/familia/educacion/errores-padres-periodo-adaptacion-hijos-querras-evitar-20220908112531-nt.html
América del Sur/Argentina/16-09-2022/Autor(a) y Fuente: www.diariodecuyo.com.ar
Será entre el 13 y el 14 del próximo mes de 10 a 18, con entrada libre y gratuita.
La Secretaría de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de San Juan informó este miércoles la nueva fecha de la feria educativa e invitó a toda la comunidad interesada en estudiar carreras de nivel superior a participar de la edición 2022.
La misma se realizará los días 13 y 14 de octubre en el Hall de Edificio Central UNSJ (Mitre 396 este), en horario de 10 a 18 horas.
Bajo el lema “Estudiá en la Nacional” y con el eje en ¡“Descubrí tu pasión!”, la casa de altos estudios busca acercar a la población local información sobre carreras universitarias y los servicios que la UNSJ brinda a las/os futuros ingresantes de la universidad pública, laica y gratuita.
En la feria educativa habrá stands de todas las carreras de la UNSJ, información sobre becas para ingresantes, muestras del área deportes, exposición de los talleres de cultura, entre otras actividades de interés. La entrada es libre y gratuita.
Fuente e Imagen: https://www.diariodecuyo.com.ar/sanjuan/Bajo-el-lema-Estudia-en-la-Nacional-en-octubre-sera-la-feria-educativa-de-la-UNSJ-20220914-0058.html
En esta entrega del “Ritual escolar”, Andrés García Barrios propone no olvidar lo que aprendimos en los últimos dos años y realizar un acto comunitario de reconstrucción tras la pandemia.
Escribo estas notas para tratar de comprender (y si es posible ayudar a otros a comprender) en qué consiste este extraño estado de ánimo en que, después de dos años de vicisitudes, nos ha dejado la pandemia de COVID-19 (ciertamente, no podemos dar ésta por terminada, pero sí es posible afirmar que “empieza a vislumbrarse su final”, como hace el Dr. Julio Frenk, rector de la Universidad de Miami y ex-secretario de salud de México, en su libro de divulgación para niños “Lisina, Triptofanito y la Pandemia”, de próxima publicación).
Hablo de “estado de ánimo” en su acepción amplia de “estado del alma”, para incluir además de los aspectos físico, emocional y mental, ese algo que podemos llamar “espiritual” y que también se ha visto afectado en este par de años. Empezaré por hablar de un tipo de experiencia que muchos vivimos en algún momento de la pandemia, al menos de forma pasajera; experiencia que ―por su intensidad― algunos nos apresuramos a arrojar al rincón de los trebejos en cuanto pudimos: me refiero a la sensación de que con el COVID-19 llegaba “el fin del mundo” (la expresión es dramática pero nombra con exactitud lo que quiero describir).
Alguien podría preguntarnos: “¿En algún momento pensaste que se acabaría el mundo?”, y tal vez responderíamos que “no tanto” pero que “sí tuvimos mucho miedo”. Sin embargo, quiero afirmar que en realidad sí es algo que todos vivimos (aunque sólo fuera por un momento, insisto) ya sea de forma consciente o más o menos inconsciente. Si me interesa hablar de ello aquí es porque pienso que esa sensación ―aunque algunos nos hayamos apresurado a echarla de inmediato al olvido― no se fue del todo de nuestras vidas sino que continúa habitando no sólo dentro de cada uno de nosotros sino entre todos nosotros, motivando una actitud personal y una atmósfera social que nos siguen desafiando.
Intentaré explicarme. La sensación de fin del mundo no sólo tiene que ver con una súbita convicción de que la propia muerte es inminente sino con la de que pronto todos los seres humanos a nuestro alrededor morirán también. En el tiempo que dura esa sensación (su duración puede alargarse o ser fugaz) no existe ningún atenuante que venga a tranquilizarnos: surge de pronto ante nuestras narices la evidencia de que estamos existencialmente solos, no nada más como individuos sino también como colectivo. La historia se detiene: el futuro naufraga: nadie hay que venga a decirnos adiós, no existe nadie a quien legar nada. Vemos cómo los demás se hunden en un destino que pronto será también nuestro. Todos esperamos turno.
Esther García tenía seis años de edad en 1972, cuando un terremoto sacudió su ciudad, Managua, Nicaragua. Ella estaba con su nana cuando la habitación empezó a moverse. Las dos salieron a toda prisa y se encontraron con que, en la calle, comenzaba la devastación: las casas cercanas se mecían hacia un lado, luego hacia otro y finalmente se desplomaban, entre gritos provenientes de adentro. Una tras otra iban cayendo. Esther miraba al fondo un cielo teñido de un rojo infernal. Parada en la acera junto a su nana, sólo pudo decir “Y yo no crecí”, convencida de que moriría pronto. La nana abrazó a la niña con la esperanza de que su destino sería distinto, de que ellas no tenían por qué correr la misma suerte que quienes estaban muriendo. “Y yo no crecí”, sensación de fin del mundo en que el destino de todos también se cumple en nosotros. Sensación de fin del mundo que Esther evoca ahora mientras conversamos, ya convertida en jefa de enfermeras del South Miami Hospital, en donde, durante la pandemia, se vio muchas veces rodeada de seres humanos que morían, sin poder hacer nada más para ayudarlos.
Pienso en la angustia que el filósofo alemán Martin Heidegger describe como la presencia de la Nada en nuestras vidas; angustia que no se desprende de un miedo concreto hacia algo específico sino que llega así, “por nada”, como si de pronto todo lo existente se arrojara sobre nosotros, atravesándonos como lo haría un ente fantasmal y dejándonos vacíos, sin realidad enfrente, sin mundo, de pie ante la nada que nos acosa. En la sensación de fin del mundo, donde la experiencia incluye a lo humano entero, a esa nada se le añade la certeza de que no sólo yo, sino todos, desapareceremos.
En la pandemia, la experiencia de fin del mundo no se cumplió, gracias a Dios. Vivimos la angustia pero no el hecho (trágicamente, muchas personas tuvieron que añadir a esa angustia el dolor por la muerte de seres amados). Pero el que no se haya cumplido no significa que la hayamos superado: se quedó con nosotros y en uno de nuestros rincones internos seguimos como desasidos de la realidad, buscando ésta como a una especie de fantasma. Algunos han empezado a acercársele tímida pero decididamente, con la intención de regresarla a su sitio. Pero creo que la mayoría de nosotros estamos optando por aceptar la inercia y acostumbrarnos a su ser espectral. Es peligroso que esto ocurra y que nos quedemos como flotando en el aire, con esa angustia anquilosada dentro.
El filósofo alemán Karl Jaspers, que tras la segunda Guerra mundial participó en la reconstrucción de Alemania, prevenía a su pueblo contra la tentación de dejar los hechos simplemente atrás, como si no hubieran ocurrido, e insistía en la necesidad de sanar a la sociedad a fondo para seguir adelante, en busca de un crecimiento sin el lastre de la culpa. En el caso de la pandemia ―donde el culpable más evidente es un virus que ni siquiera llega a estar vivo― el lastre puede radicar en culpar a los científicos, a los gobiernos, a esos otros seres humanos que con sus acciones anti-ecológicas favorecieron la proliferación de virus y bacterias, e incluso a la naturaleza o a la vida misma… y tapiar la angustia dentro, sin posibilidad de expresarse y sanar.
Pero la amnesia no es, de ninguna manera, sano olvido: es cero superación. No es mi interés meterme a médico o neurólogo, pero me parece que no voy demasiado lejos al suponer que, como en todo tipo de amnesia y estrés post-traumáticos, las consecuencias de olvidar sin sanar se expanden por toda nuestra psique, afectando al conjunto de nuestras sensaciones e ideas: entramos en confusión y perplejidad, tenemos problemas de concentración, sufrimos extrema laxitud o tensión corporal, llegamos a sentirnos como ajenos a nuestros propios procesos mentales y corporales, nos embargan sentimientos de desapego o extrañamiento hacia los demás, e incluso experimentamos cambios en nuestra percepción del tiempo, del espacio y de los objetos del mundo.
A lo anterior se añade el temor de que aparezca un nuevo brote, el miedo a nuestros semejantes, la desconfianza y el deseo irracional y continuamente frustrado de culpar a otros, y en casos extremos a todo el mundo. Y sin embargo, simultáneamente, dado que se trata de una súbita sensación de muerte colectiva (en la que peligra no sólo nuestro “yo” sino también nuestro “nosotros”), llega acompañada de esa soledad en la que de pronto vimos sumida a la humanidad entera: así pues, nos vemos embargados de compasión hacia nuestros semejantes y sentimos una identificación profunda, una nostalgia de hermandad: nos inunda el deseo de acercarnos y confiar, de romper barreras y superar todos los obstáculos que nos separan…
Angustia, miedo, compasión. Ante esa extrañeza que nos ha quedado, a todos nos anima la idea de revitalizarnos y revitalizar la comunidad en la que vivimos. Para mí, este texto es una oportunidad de hablar del tema con un lector que imagino ahí, oyéndome. Sí, escribir y hablar son poderosas opciones: comunicarnos. Todos podemos hacerlo, charlar sobre lo que nos pasa con alguien que quiera y pueda oírnos.
En el ámbito escolar ¿también podemos alentar ese diálogo? ¿Es posible, a través de grupos guiados de manera informada y cuidadosa, platicar sobre nuestras experiencias, hablarnos y escucharnos, estremecernos juntos para recuperar un modo de vibrar común? ¿Será conveniente alentar la comunicación de ideas de recuperación y reconstrucción personal y colectiva, y realizar actos comunitarios, especie de rituales que nos permitan compartir con los demás nuestro compromiso y esperanza, confiando en que no sólo la enfermedad se propaga sino también la salud?
Ciertamente ―como me ha hecho ver la directora de primaria de la escuela de mi hijo― planear un acto comunitario de memoria y reconstrucción tras la pandemia, exige sumo cuidado para no invadir la intimidad y la susceptibilidad de las personas y las familias: cualquier tinte religioso puede malinterpretarse; asimismo, una acción que contenga un simbolismo demasiado confrontador puede hacer surgir sentimientos desbordados, y resultar contraproducente. Sin embargo, estoy seguro de que todos los miembros de la comunidad educativa podemos pensar juntos cuál o cuáles actividades pueden resultar adecuadas para nuestras aulas o nuestra escuela.
Advertencia
Como parte de mis reflexiones anteriores, recurrí a la lectura del I Ching, libro oracular de la antigua china. Mi consulta me llevó primero a un texto conmovedor, el que corresponde al símbolo Tai, La Paz. En su imagen, El Cielo y La Tierra (seres originarios de todo lo existente) se colocan uno sobre otro y “unen sus virtudes en una armonía íntima”. De esa concordia surgen las condiciones para que la naturaleza brote y prospere, siempre y cuando ―el I Ching lo subraya― reciba la ayuda humana. “Esta actividad humana sobre la naturaleza, devuelve lo bueno al ser humano.”
Lo anterior concluye con una cruda advertencia (yo la interpreto no tanto como una alerta ante la pandemia de COVID-19 sino frente a eventos futuros). Todos sabemos que la naturaleza a nuestro alrededor ha sido afectada de formas atroces y que la aparición de pandemias y otras catástrofes sólo se puede frenar con nuestra acción decidida. Tal vez pensemos que no es momento de recordar cosas como ésta, y sin embargo tal conciencia no tiene por qué abatir nuestra esperanza actual ni la voluntad de hacer memoria y reconstruirnos; al contrario, puede ser el elemento crucial para no perder nuestra paz naciente.
Así es como lo dice el I Ching:
Todo lo terrenal está sometido al cambio. El ascenso es seguido por el descenso. Tal es la ley eterna sobre la Tierra. Esta convicción permite no ilusionarnos cuando llegan las épocas favorables, ni quedar deslumbrados por la buena fortuna pensando que es duradera. Si seguimos atentos al peligro, evitaremos los errores. Mientras que el ser humano se mantenga interiormente superior al destino, permaneciendo más fuerte y rico que la felicidad exterior, la fortuna no lo abandonará.
Estas palabras se reiteran en el otro símbolo que el I Ching añadió a mi consulta: Lin, El Acercamiento: “Si uno se enfrenta con el peligro antes de que se manifieste como fenómeno, más aún, antes de que haya comenzado a dar señales, llegará a dominarlo”. Lin ―cuya composición contiene el ícono de El Lago― concluye dando un papel primordial en todo esto a los maestros: “El noble no tiene límite en su intención de enseñar”, dice, y explica: “Así como aparece inagotable la profundidad del lago, así también es inagotable la disposición del sabio para instruir a los demás seres humanos”. Convertido en soporte, el maestro es también protector de la humanidad, “sin excluir parte alguna de ésta”.
En una situación como la actual, describir al maestro como protector de los seres humanos no me parece mera exaltación poética. Quieran o no admitir el papel que les asigna el I Ching, los maestros tienen quizás la mayor responsabilidad en ese “trabajo” sobre la naturaleza que ya todos reconocemos como necesario; más responsabilidad incluso que los gobiernos y las industrias, quienes, al parecer, también necesitan ser educados. Y aunque la verdadera y más profunda educación está en manos de todos los ciudadanos, la comunidad escolar es uno de sus principales ámbitos: reconstruirse como maestro puede muy bien apuntar hacia ocupar ese papel de Protector.
Andrés García Barrios es escritor y comunicador. Su obra reúne la experiencia en numerosas disciplinas, casi siempre con un enfoque educativo: teatro, novela, cuento, ensayo, series de televisión y exposiciones museográficas. Es colaborador de las revistas Ciencias de la Facultad de Ciencias de la UNAM; Casa del Tiempo, de la Universidad Autónoma Metropolitana, y Tierra Adentro, de la Secretaría de Cultura.
Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) en 2018-2019, sólo el 24.32 por ciento de niños y niñas de 3 y 4 años tuvo un desarrollo adecuado en cuanto a alfabetización.
En México, la educación que se brinda a niños y niñas durante la primera infancia –en sus primeros 5 años de vida– enfrenta diversos retos. Uno de ellos es la falta de reconocimiento social, es decir, los padres y cuidadores no reconocen su importancia, cuando se trata de un aspecto esencial en el desarrollo integral de todo ser humano.
Así coincidieron las especialistas reunidas en la primera mesa de discusión “Educación en la primera infancia; retos y recomendaciones”, organizado por Early Institute, a propósito de los datos que concentra el Sistema de Indicadores de Primera Infancia (SIPI México), herramienta social y estadística que da seguimiento al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
En el panel participaron Irma Lilia Fuentes, subdirectora de Educación Inicial en la Dirección General de Desarrollo Curricular de la Secretaría de Educación Pública (SEP); Brenda González García, directora de Atención de Políticas de Primera Infancia del Sistema Nacional de Protección de Niñas, Niños y Adolescentes; y las investigadoras Katia Carranza Velázquez, de Mexicanos Primero e Ixchel Beltrán Revilla, del Pacto por la Primera Infancia.
De acuerdo con SIPI México, que a su vez se nutre de bases de datos oficiales, como el Sistema Educativo Nacional, la matrícula preescolar que va de 3 a 5 años tuvo una caída de 8.0 por ciento% de 2018 a 2021. En el ciclo escolar 2018-2019 se registró una inscripción de 71.8 por ciento; en el periodo 2019-2020 fue de 71.4 por ciento, y en el ciclo 2020-2021 bajó aún más, a 65.6 por ciento.
En cuanto a la tasa de escolarización de educación inicial (de 0 a 2 años) la baja fue de 18 por ciento en ese mismo periodo, ya que en el ciclo 2018-2019 se tuvo 4.1 por ciento; en el periodo 2019-2020 fue de 3.8 por ciento, y en el ciclo 2020-2021 fue de 3.1 por ciento.
Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (Ensanut) en 2018-2019, sólo el 24.32 por ciento de niños y niñas de 3 y 4 años tuvo un desarrollo adecuado en cuanto a alfabetización y conocimientos numéricos.
Estas cifras hablan de un panorama poco alentador, sobre todo, en cuanto a educación inicial se refiere. Las expertas en la mesa de discusión vinculan este fenómeno con distintos aspectos: la necesidad de un cambio cultural; ampliar la cobertura; mejorar la calidad del servicio educativo; fortalecer a los agentes educativos con formación continua y adecuada; priorizar el interés superior de la infancia y poner al centro a los niños y las niñas en la construcción de las políticas públicas.
También hay que garantizar la implementación de la recientemente lanzada Política Nacional de Educación Inicial (PNEI) en cuanto a cobertura, calidad y trabajo con las familias. En este sentido, otra cifra que llama la atención es que 40 por ciento de las familias mexicanas no requiere del servicio, de acuerdo con datos compartidos por el Pacto por la Primera Infancia.
Se debe tener mayor presupuesto para impulsar la educación en primera infancia y garantizar un sano ejercicio de los recursos, así como alentar la coordinación entre los diversos sectores involucrados en esta etapa educativa.
En Early Institute afianzamos nuestro compromiso por contribuir en la mejora de la salud; el cuidado y la educación; la seguridad y la protección de la primera infancia y sabemos que la responsabilidad es compartida. SIPI México reúne datos para facilitar el análisis de la situación actual de las niñas y los niños de México, desde un enfoque estadístico, pero también de derechos, motivo por el cual las voces de especialistas ofrecen otra dimensión de entendimiento a lo que ocurre hoy en día en un ámbito educativo complejo y desigual. Los invito a consultar SIPI México en https://earlyinstitute.org/sipimexico/
Ante la afluencia de personas refugiadas de Sudán al este de Chad, ACNUR y sus socios ofrecen apoyo vital para la educación de la niñez refugiada.
Por: Cedric Kalonji en el campamento de refugiados de Kouchagine-Moura, Chad
Son solo las 7:30 de la mañana en el campamento de refugiados de Kouchagine-Moura, cerca de la frontera de Chad con Sudán, pero el termómetro ya se acerca a los 40°C.
A pesar del calor, decenas de niñas y niños se reúnen, se quitan los zapatos y se sientan en una gran alfombra a la escasa sombra de un árbol de acacia sin hojas. Frente a un gran pizarrón apoyado en el tronco, una joven con un vestido rosa vaporoso y un pañuelo en la cabeza saluda a los niños y les hace un gesto para que se sienten.
Assaniah Ahmad Hussein, de 28 años, es profesora de primaria en la escuela Alnour – una de las dos que hay en el campamento – y dirige una clase de más de 100 niñas y niños de entre 5 y 7 años. Originaria de Gnouri, en la región sudanesa de Darfur, Assaniah llegó a Kouchagine-Moura hace poco más de dos años con su esposo y su hijo, después de huir de la violencia intercomunitaria.
Psicóloga de formación, considera muy importante el aprendizaje, que ve como un baluarte contra el conflicto y el extremismo.
“Mi trayectoria ha estado marcada por una violencia reiterada e indiscriminada que creo que es fruto de la ignorancia”, afirma. “Estoy convencida de que el acceso a la educación y al conocimiento para la niñez ayudará a romper el ciclo de la violencia en Darfur”.
La educación es una carrera de obstáculos para los refugiados sudaneses en el Chad
El campamento de Kouchagine-Moura acoge a unas 14.000 personas refugiadas sudanesas que han huido de los enfrentamientos en Darfur desde febrero de 2020. Además de acoger y proteger a las personas refugiadas, ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, y sus socios garantizan el acceso de la niñez a la educación mediante su inclusión en el sistema educativo nacional chadiano y el suministro de infraestructura y materiales.
La agencia ha supervisado la construcción de dos escuelas con capacidad para 2.500 alumnos, con 24 letrinas, dos pozos de agua alimentados por energía solar y cuatro salas para el personal. Junto con el Servicio Jesuita a Refugiados, ACNUR capacitó a una plantilla de 39 profesores de la comunidad de personas refugiadas y de acogida.
El campamento también ofrece un programa de educación acelerada y alfabetización para la juventud de entre 12 y 23 años, que actualmente incluye a 108 niñas refugiadas y 61 niños que nunca han asistido a la escuela.
Pero a pesar de estas inversiones, mientras el campamento sigue creciendo – con casi 4.000 nuevas llegadas desde principios de año –, el personal destaca los duros retos a los que todavía se enfrentan. La capacidad promedio de las clases de primaria es de 163 alumnos, y 10 de las 17 aulas de las dos escuelas se imparten al aire libre debido a la falta de espacio disponible.
En los últimos años, Chad se ha convertido en uno de los países más integradores del mundo en lo que respecta a la educación de las personas refugiadas. En el ciclo escolar 2020-21, más de 100.000 jóvenes refugiados estaban matriculados en educación formal, más que nunca.
Sin embargo, con la reanudación del conflicto al otro lado de la frontera en Sudán, que obliga a más personas a buscar seguridad en Chad, la presión sobre un sistema ya sobrecargado va a aumentar. El principal factor que impide a ACNUR y a otros socios de la ONU y de las ONG ampliar su respuesta es la grave falta de financiación, ya que el Plan de Respuesta Humanitaria 2022 para Chad, dotado con 510 millones de dólares (USD), solo está financiado en un 22 por ciento. El componente de educación de ese plan solo ha recibido 2 millones de dólares (USD) de los 34 millones necesarios para atender las necesidades de la niñez refugiada.
Más allá de los límites de capacidad, los profesores también están atentos a los riesgos de absentismo debido a las precarias condiciones de vida de muchas familias del campamento, como señala Brahim Tahir Arabi, un profesor chadiano de la comunidad de acogida.
“Tenemos que asegurarnos de que la niñez tenga una alimentación sana y equilibrada”, explica. “Algunos estudiantes no vienen a la escuela porque no tienen zapatos o ropa adecuados”.
Para Assaniah, la construcción de nuevas aulas es la máxima prioridad. “Aunque los árboles dan sombra, no son tan eficaces para proteger a los estudiantes durante la temporada de lluvias”, señala.
Sin embargo, su aula al aire libre sigue siendo un precioso lugar de aprendizaje, en el que niñas y niños prestan mucha atención a las palabras de su profesor. “Este es un lugar para enseñar y guiar”, comenta Assaniah. “Desde los más pequeños hasta los más grandes, los niños están en armonía, como si todos tuvieran la misma madre y el mismo padre. No hay desacuerdos: todos somos refugiados”.
Esta historia se publica previa al Informe de Educación de ACNUR 2022, que se publicará el 13 de septiembre. El informe forma parte de la participación de la Agencia de la ONU para los Refugiados en la Cumbre sobre la Transformación de la Educación, que tendrá lugar durante la Asamblea General de la ONU de este año.
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